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Manual de Laura para viajar

Conducía por aquella carretera del norte al amanecer cuando se dio cuenta de que iba chocar contra una cabra. Pisó el frenl en un acto reflejo y logró que el vehículo quedara apenas a un milímetro del animal, que no se habían inmutado lo más mínimo y seguía rumiando tranquilamente en medio de la carretera. Laura la miró para maldecir pero al verle aquella expresión de indiferencia pastoril se echó a reír a carcajadas. Había comenzado a viajar sin rumbo, o con un rumbo preciso, aunque aún no se diera cuenta.

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Allí, en medio de la nada se dio cuenta de que estaba amaneciendo y de que aquellas primeras luces del día convertían en cielo, la carretera, su coche y la cabra en un milagro de la naturaleza. Un paisaje del alma, bello y accidentado, como estaba también la suya.

Se acercó al animal, que seguía donde mismo, para acariciarlo pero al llegar a su lado este reaccionó depositando rapidamente una retahíla de heces, pequeñas y oscuras como el chocolate. Laura se las quedó mirando sonriendo de nuevo. La cabra, sin inmutarse, había expresado su inquietud dedicándole sus excrementos. Pero seguía rumiando y su coche echando humo.

-Te voy a contar un cuento. A ver si cuando termine me dejas acariciarte. -le pidió con voz suave y mirada mansa.

-Bueno -le respondió la cabra. -pero no te conozco así que si no me gusta me iré aunque no hayas terminado.

Laura estaba muy sorprendida. Aquel animal, además de ser suicida y de estómago ligero, era también exigente.

-¿A qué esperas? -la cabra seguía hablándole. –Cuéntame un cuento y recuerda que estamos en  la hora bruja así que ten cuidado con lo que imaginas.

-¿La hora bruja? Nunca había escuchado hablar de ella.

-Claro, Laura -la joven se quedó perpleja porque supiera su nombre. -Es que solo eres humana. A la hora bruja -comenzó a explicarle, -se ve todo lo que no se ve, se siente todo lo que se esconde y se hace realidad todo lo que se sueña.

-¿Cómo puede ser eso? -ella no podía creer que aquella cabra hablara en serio. Con los deseos y sueños que ella había albergado toda su vida.

-Pues así es. Lo que ocurre es que solo sucede dos veces al día. Al amanecer y al anochecer y hay que estar avispado porque dura apenas un momento.

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-¿Estamos ahora en la hora bruja? -preguntó Laura.

-¿Qué comes que adivinas, pequeña? ¿Si no fuera así iba una cabra a estar hablando contigo?

-Tal vez me quedé dormida al volante -razonó.

-Puede ser. Pero esta mañana yo pedí que una humana me contara un cuento y aquí estás. En medio de la nada dispuesta a hacerlo, ¿verdad?

-Sí. La verdad es que contarle un cuento a una cabra en la hora bruja es un privilegio.

-Pues venga, que nos queda poco tiempo.

-En la hora bruja todo es posible, ¿verdad?

-Más que nunca -respondió la cabra con un alarido.

-Entonces voy a contarte una historia de amor, pero no una historia de amor cualquiera. Te voy a contar la historia de cómo el amor nos lleva allá donde imaginamos, de cómo si uno es valiente abre la puerta de la fantasía y nos hace creer, pero no solo a nosotros sino también a quienes han renunciado a él o han dejado de creer que tanta felicidad sea posible. De cómo viajar con el amor nos lleva a otros mundos y nos transforma.

La cabra guardó silencio un momento, rumiando la respuesta.

-¿También devuelve la fe a las cabras?

-Por supuesto. Si una cabra ama todo es posible -al escuchar esto el animal se tumbó tal como estaba, en medio de la carretera, junto al coche que aún tenía la puerta del conductor abierta y las marcas del frenado sobre el asfalto, bajo el cielo rojizo del amanecer, dispuesta para viajar al cuento de Laura en la hora bruja.

Había una vez una joven que estaba enamorada de un caballero que vivía en un castillo inaccesible. Lo había descubierto cuando llegaba en su barca al pueblito, porque se había construido la torre más alta del reino al otro lado de la bahía, pero tenía que llegar hasta la costa una vez por semana, cuando iba al mercado a comprar víveres. Solía pasar desapercibido para los demás, porque ni su atuendo no la expresión severa de su rostro dejaban entrever ningún don agradable para animar a nadie a decirle esto o aquello, nada más allá de las áridas conversaciones sobre el tiempo. Sin embargo a veces, cuando escogía la fruta entre las que se exponían a la venta, la joven había observado que se le dibujaba una sonrisa al llevárselas a la nariz para inspirar su aroma. También se sentaba en uno de los pilones del puerto, siempre en el mismo, antes de subir a su barca para remar de nuevo hacia su fortaleza. Pasaba allí largo rato hasta que al fin se echaba al agua y desaparecía en soledad. Ella un día se sentó en aquel rincón, aspiró el aroma a marisco, escuchó el bullicio del mercado y admiró a todos aquellos pescadores que recogían sus redes y limpiaban sus barcos tras un día de dura faena. Entonces algo saltó en su interior, y amo a aquel caballero que había encontrado el lugar perfecto del puerto para disfrutar de la vida que había en él. Y no pudo comprender por qué nadie se había dado cuenta antes.

Decidida, la joven saltó a una de las chalanas de los pescadores y llegó remando hasta la fortaleza. Allí la empalizada estaba subida, no había más que muros de piedra. Ni siquiera una ventana le permitían ver lo que había dentro. Aunque ella sabía que allí estaría su caballero, pero no sabía en qué pasaba su tiempo o en qué pensaba. Lo que sí sabía era que estaría haciendo algo que mereciera la pena, como aspirar el aroma de la fruta o disfrutar de la vida del mercado.

-¡A del castillo! -gritó. Y como nadie contestaba gritó más fuerte: -¡A del castillo, por favor!

-¿Y por qué grita? -la interrumpió la cabra. -que entre y ya está.

-Es que el caballero había decidido aislarse del mundo y había levantado un castillo en medio del mar sin empalizada, sin almenas y hasta sin torres. Su mundo cabía en único obelisco sin huecos que casi rascaba el cielo.

-Caramba. ¿Y cómo entraba?

-La joven no lo sabía, por eso gritaba -aclaró guiñándole el ojo a la cabra.

Ese caballero es muy complicado. Creo que va a ser un cuento demasiado largo –la cabra miró el cielo. El rojo del amanecer ya era naranja y comenzaba a sentir unas ganas tremendas de tirar para el monte. –Dale prisa, muchachita, si quieres que se haga realidad tu historia.

-Vale vale. ¿Cuánto tiempo tenemos? –la cabra levantó el hocico, señalando las montañas.

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-Cuando sean verdes ya no habrá magia –en aquel momento aún retenían el fuego de la llegada de la mañana.

-Volvió a llamar y nadie contestó –Laura hablaba sin dejar de mirar al horizonte hasta que cerró los ojos para viajar con su corazón hasta el centro del relato -pero como ella era joven pero de alma vieja, de estirpe de brujas buenas, guardó silencio un instante para escuchar desde dentro, a la vez que pedía consejo a sus ancestras. Ella quería conocer a aquel caballero que había descubierto el tesoro de la vida aún estando fuera de ella.

Así que escuchó y escuchó hasta que un gemido casi imperceptible llegó hasta ella. Miró hacia lo alto, hacia el obelisto para ver de dónde salía. Allí no habían huecos, solo piedra. Sin embargo, su alma vieja comprendía que aquel lamento era como una bandera que de auxilio que hondeara al viento, invisible a los ojos y corazones de quienes solo veían las apariencias.

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Por eso acercó un poco más la barca hasta el muro y se encaramó como pudo, escalando, subiendo con toda la dificultad del mundo, guiada por aquel lamento que solo ella escuchaba. Las manos le sangraban, se resbalaba y caía al agua pero volvía a subir al bote y desde él saltaba hasta la roca de nuevo. Mientras, el lamento era cada vez más débil, hasta que finalmente desapareció del todo. Desvaneciéndose como la bruma en la tarde que llena de humedad los corazones hasta congelarlos, pero no el de Laura, que seguía escalando, trepando y escuchando con su instinto de bruja buena.

Sin embargo, y casi cuando estaba en lo alto, una piedra mal encajada hizo que perdiera el equilibrió y cayó al mar sin remedio. El golpe fue tan fuerte, porque ya estaba casi casi a la altura del cielo, en lo alto del obelisco, que la dejó inconsciente y a merced de la marea.

-¿En serio? –la cabra no podía creérselo. –¿Tanto esfuerzo para nada? Ese caballero no se la merecía–se molestó de tal manera que escupió parte de la hierba que rumiaba justo al lado de los pies de Laura.

-Si crees en la hora bruja deberías creer en los encantamientos –le advirtió para tranquilizarla.

-No te digo que no pero, ¿que magia hace que te escondas? -era una cabra con carácter, de eso no cabía duda.

-¿No conoces el sufrimiento? -Laura acudió entonces a la verdad de su corazón para hacerla comprender.

El sufrimiento no es magia. Y él no se había escondido del todo. Iba al mercado a observar la vida, y gemía. En mi opinión -concluyó el animal, -algo dentro suyo luchaba por salir de aquella torre. Él fue el que hizo magia.

-Ciertamente eres muy lista–Laura se sorprendió con aquella reflexión y ya jamás la olvidaría. La cabra se acercó a ella y restregó su lomo contra su cintura. –Me caes bien -la acarició con ternura.

-Y tú a mí -la cabra estaba tan a gusto que casi sonreía. –Pero es que tengo que marcharme. Mira la montaña. Se está cerrando la puerta y he de irme al otro lado. ¿Me cuentas el final de la historia? Ella se habrá salvado, ¿verdad? –la cabra ya había salido de la carretera y trotaba alegremente monte arriba.

-Tendrás que esperar a la hora bruja de esta noche, o a la de mañana, para viajar con la hora bruja y saberlo –Laura la despedía dirigiéndose a su coche, que seguía en medio de la carretera, enviándole besos volados.

La cabra trotaba por el monte camino hacia la cumbre de la montaña a la vez que el verdor se llenaba de cantos de pájaros, de mariposas, de nubes que se levantaban dejando ver el cielo azul, despejado, amarillo. La hora bruja había concluído, por eso cuando llegó a la cima y bajó por la ladera ya caminaba a dos patas; con la melena al viento y una gran sonrisa en los labios. Caminaba hacia la bahía con el puerto de pescadores para llegar más allá, en medio del mar, hacia el obelisco de piedra dura que llegaba casi casi hasta el cielo; sin empalizada, sin almenas, sin torres…Al alcanzar la orilla se adentró en el agua y, un poco antes de llegar a él, se sumergió en las profundidades para llegar a su base, donde presionando una roca se habría una puerta por la que accedió hasta el interior. Allí estaba el caballero, sentado leyendo un libro junto a una chimenea. La recibió con una gran sonrisa y se levantó para envolverla en una toalla.

-Buenos días, Laura –y le dio un beso.

-Buenos días, mi vida –ella se quedó abrazada a él un buen rato para calentar su cuerpo mojado con el calor que desprendía.

-¿Mañana iremos al pueblo a comprar pescado? –le preguntó el caballero sin dejar de acariciarle la melena.

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-Claro, cariño, y al atardecer, en la hora bruja, bailaremos como cabras con nuestros vecinos.

 

 

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