público asistente a las jornadas

Literatura que salva vidas: II Jornadas La Voz de La Mujer

La vida es también con quién hablas, y a quién escuchas. Participar en estas jornadas en La Palma es un placer y una gran oportunidad para crecer, porque cuando el corazón y la mente se abren es un viaje que merece la pena. El programa nos ha dado  la oportunidad de conocernos, de escucharnos, de darnos ese calor tan necesario… Qué semana tan especial ha organizado Karmala Cultura con las II Jornadas La Voz de la Mujer. Desde aquí darles mi enhorabuena porque hemos podido disfrutar de actividades en Los Llanos de Aridane, Breña Baja, Villa de Mazo y Santa Cruz de La Palma con invitados e invitadas de Asia, África, América y Europa. ¡Un verdadero lujo escuchar las experiencias y la sabiduría de estas mujeres creadoras y promotoras del arte y la cultura! Creo que hemos propiciado un diálogo y un intercambio cultural de gran interés, con el que se ha dado voz a mujeres de la literatura, el cine y la música. Además, gracias a ello, hemos reivindicado el derecho de otras mujeres a tener un lugar destacado en el arte y en la sociedad. Es un testigo que tenemos que coger de las que nos precedieron, y que espero que siga pasando de unas manos a otras, de unas mentes a otras, de unos corazones a otros para tener una opinión propia que siempre se escuche

II Jornadas La Voz y La Mujer

Carmen Comadrán, Belén Lorenzo Francisco, Patricia Figuero y yo en la sala el Real 21 de Los Llanos de Aridane. Foto de Karolina Bazydlo.

 

Mi participación en estas jornadas ha sido en el apartado de literatura, que compartí con autoras de la talla de Elsa López, Belén Lorenzo Francisco y Patricia Figuero, así como en la mesa redonda en el que también he conocido un poco más a las invitadas de las otras áreas como las directoras de cine Carmen Comadrán o Aicha Chloé Boro. Aprendí mucho de ellas y estar a su lado, escuchando esa sabiduría que guardan, me estremecía de la misma forma que al abrir un libro, porque me dejaron cautivada desde la primera frase. Es una suerte haber escogido el camino del arte. De hecho, solo por poder disfrutar de su cercanía en instantes como estos merece la pena.

Cartel II Jornadas La Voz y La Mujer

La literatura y la vida

Por eso mismo quiero compartir aquí esas cosas de las que uno no habla, sobre todo cuando se es escritora como yo, un camino que he sido capaz de recorrer gracias a la existencia de mujeres que antes que yo lucharon para darme la oportunidad de serlo. Los libros que he leído escritos por ellas y en los que se las reconoce como artistas son el pilar sobre el que se ha sostenido mi existencia como mujer contadora de historias, como a mí me gusta llamarme.

Estas jornadas son una oportunidad muy emocionante, sobre todo para las personas como yo que escribimos y no nos resulta fácil levantar la voz, porque nuestro medio es escrito. 

Durante toda mi vida, sobre todo en mi juventud y en mi adolescencia, la lectura constituyó para mí un refugio y una fuente de vida, porque no sé en qué momento comenzó a resultarme muy complicado relacionarme con el mundo exterior, con las personas que me rodeaban y comencé a guardarme muchas cosas para mí, casi todo. En este proceso encontré los libros. Sucedió de forma casi casual porque había muchos en mi casa, sobre todo en mi casa de La Palma, en El Paso. Eran libros de mi abuelo; de investigación, de ensayo y de novela. Era la época de vacaciones, cuando venía con mi familia y tenía mucho tiempo libre, así que como me resultaba difícil relacionarme con las personas comencé a leer. Mi formación es básicamente clásica, porque es lo que más había en mi casa y pronto consideré a los protagonistas de esas historias, a esos autores y autoras, como mis amigos y me pasaba la mayor parte del tiempo con ellos. Al leer estas historias me resultaba muy fácil identificarme, sobre todo con los personajes femeninos, cuando explicaban que se sentían atrapadas en sus vidas, encerradas y envidiaban la libertad de la que gozaban los hombres. Me dolía todo lo que leía pero a la vez me gustaba lo que contaban. Claro, eran libros antiguos, clásicos, la mayoría escritos por hombres, pero aun así retrataban este sentimiento femenino con el que yo crecí, sintiendo que estaba atrapada. Luego, a medida que fui creciendo, me fui dando cuenta de que ese sentimiento no era adecuado para mí, porque yo vivía en un mundo, a finales del siglo XX, en el que sí podía hacer esas cosas; por lo menos tenía la posibilidad de hacerlas. Porque en el siglo XX, gracias a los movimientos y la lucha por la igualdad, se había conseguido el voto de la mujer y las mujeres nos habíamos incorporado al mercado laboral; porque yo vivía en un mundo completamente diferente gracias a ellas. Así que estas lecturas me dieron luz pero me dieron obligaciones también. Por eso, comencé a vivir mi vida marcada por estas obligaciones y esta responsabilidad que tenía para con estas mujeres. Porque  yo podía hacer lo que ellas habían soñado; mientras que esas protagonistas se quedaron en los libros, encerradas en las vidas que habían escrito para ellas. Las autoras no habían podido hacer nada salvo expresarse en la literatura. 

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El periodismo como arma

Con esta fuerza que me dieron las mujeres que me precedieron comencé a luchar por lo que quería. De alguna manera esto obró un cambio en mí y lo primero que hice fue escoger una profesión que me daría mucha libertad y que me conduciría hacia lo que quería ser, que era ser escritora. Era algo que yo me callaba, lo decía pero en voz muy baja, porque soy muy terca, y sabía que no iba a dejar de intentarlo. Comencé a trabajar de periodista tras estudiar la carrera de Historia.

Julieta Martín Fuentes contando su historia en las jornadas

Contando mi experiencia en el Real 21 de Los Llanos de Aridane durante las II Jornadas La Voz de la Mujer.

No tenía referencias de mujeres trabajadoras salvo sutiles comentarios; ya que no se hablaba de los problemas ni de las dificultades que entraña trabajar en un entorno en el que coinciden ambos sexos, con un inconsciente colectivo que sitúa a la mujer que trabaja en un plano desde el que se la ha despreciado. Aún así que comencé en el periódico La Provincia, que fue mi primer trabajo. Recuerdo que el primer reportaje largo que me dieron fue precisamente por ser mujer. Acababa de salir de la facultad y tenía muy poca experiencia como periodista pero tuve que escribir el reportaje del Día de la Mujer Trabajadora, el 8 de marzo. Había estudiado historia y sin embargo no sabía por qué se celebraba ese día. Me enteré escribiéndolo de cómo habían vivido las mujeres su proceso de incorporación al mundo laboral y de cómo habían sido castigadas, y en concreto de que la fecha del 8 de marzo reconoce a unas mujeres a las que habían quemado en una fábrica en la época de la revolución industrial. Este reportaje me ayudó a darme cuenta de que yo estaba trabajando, y mis compañeras del periódico también, gracias a que estas mujeres fueron a trabajar, probablemente con miedo, probablemente habiendo sido agredidas anteriormente. Sin embargo, habían seguido yendo, y acabaron muriendo. Todo esto me afecto de manera positiva, me dio mucha fuerza y nunca lo he olvidado.

Portada del libro 'Mujeres en guerra. Más máster da la vida'

Después de publicado, una compañera periodista que hoy sigue siendo mi amiga me vio un poco decidida pero perdida en todo lo que es el mundo laboral cuando se convivimos ambos sexos, sin recursos para superar las limitaciones que muchas veces se nos pone, y nos ponemos, mediante el inconsciente colectivo. Esta amiga me dejó entonces las memorias de Maruja Torres sobre su época de reportera de guerra. Este es el camino más radical, el más difícil y el menos femenino al que en teoría se puede aspirar a ser, ya no solo como periodista sino dentro del mundo de las noticias. Porque estas en una guerra, con todo lo que eso supone en el día a día: sangre, peligro, bombas, sin refugio, sin amigos, en medio de conspiraciones, sin conexión de teléfono…es un peligro viajar sola de vacaciones, imagínate viajar sola para documentar una guerra. Maruja Torres en su libro Mujer en guerra. Más másters da la vida  habla de sus experiencias en la primera línea de combate. Ella estuvo en el apartheid, en África, en los campos de refugiados de Palestina, en el Chile de Pinochet, en Beirut, en el Líbano. Habla desde su punto de vista, con su voz femenina, contando cómo vivió esa situación y cómo se enfrentó a un mundo que había previsto una vida para ella que no le gustaba, así que lucho por vivir la que ella quería, no la que querían los demás. Ese libro ha sido para mí un manual al que he acudido en muchas ocasiones. Primero porque escribe muy bien. Te llega al corazón y te lo rompe, diciéndote todo eso que llevas dentro y que no sabes cómo expresar. Gracias a ella me he atrevido a muchas cosas y he trabajado en redacciones de periódicos, en radios, en gabinetes de prensa; aún hoy lo hago como colaboradora porque es una profesión apasionante en la que puedo verter gran parte de mi universo personal (sobre todo, me obliga a salir de esa cueva en la que tiendo a estar porque en cierta forma sigo siendo esa jovencita a la que le costaba relacionarse con el mundo exterior). Maruja Torres en este libro habla de lo que para ella define a todo escritor, que es tener un punto de vista, creo que si hay algo que define a los periodistas es que lo tenemos. El escritor solo se diferencia para mí en que quiere expresarlo creando un mundo diferente con él, aunque sea sobre el papel. Porque como ella dice, tal vez el mundo sea una porquería, ella dice que una mierda, porque es una escritora muy directa a la que le gusta llamar al pan y al vino. Ella dice que el mundo es una mierda pero que igual merece la pena contarlo. 

Presentación del debate en las jornadas

Carmen Asensio, Dalila Ennadre, María José Manso, Keybis Keba Danso y Patricia Figuero en el Real 21 de Los Llanos de Aridane en las II Jornadas la Voz de la Mujer. Foto de Karolina Bazydlo.

En mi caso, las memorias de mujeres me han servido siempre, me han dado una orientación en un mundo laboral en el que no hay nada escrito; porque apenas llevamos un siglo teniendo una legislación que ampare nuestros derechos, una legislación que hay que seguir ampliando y por la que hay que seguir luchando. Es la base sobre la que alzar la voz y vencer el miedo que nos atenaza cuando suceden injusticias, porque hay personas de todo tipo y necesitamos argumentos, necesitamos leyes para acallar al inconsciente colectivo; porque son muchos siglos diciéndonos qué cosas se pueden hacer y qué cosas no se pueden hacer si eres mujer. Creo que eso es lo que tenemos que luchar por cambiar en nuestro día a día. 

Participantes de Literatura en las Jornadas

Ken Bugul, Elsa López, Patricia Figuero, Belén Lorenzo Francisco y Julieta Martín Fuentes mujeres de la literatura.

Viendo el sueño: ¿Escribir no es vivir?

Tras diez años trabajando como periodista decidí que quería luchar por mi verdadera vocación, que era ser escritora. Sucedieron una serie de acontecimientos en mi vida que me dieron la fuerza necesaria para dejar un tiempo mi trabajo de periodista, que ya me había enseñado a relacionarme con el mundo que me rodeaba y a trabajar en él, y me vine a La Palma a escribir. En ese momento tomé la decisión de que quería escribir exclusivamente durante el periodo que le dedicara a mi primera novela, Lolita Pasión. No conocía personalmente a ninguna mujer que fuera escritora, pero sí tenía a mis amigas de los libros, como yo las llamo. Así que cuando estuve volcada en la escritura, metida con calzador en una sociedad que se dedicaba a cosas más normales, más prácticas sobre todo, no tenía la capacidad para expresar lo importante que era para mí lo que estaba haciendo. Porque volvía a ser aquella jovencita que tenía problemas para relacionarse y comunicarse. Uno comienza a dejar de hablar y después no sabe cómo hacerlo. Así que me volví a refugiar en los libros, que siempre me han dado luz y siempre me han acompañado cuando me pierdo en la vida. Leí muchos libros de biografías de artistas, de ensayos de artistas; sobre todo porque quería ver cómo vivían, cómo habían superado esos obstáculos que se presentan cuando uno pasa del plano soñado al plano real y no se espera lo que sucede pero, sobre todo, no sabe cómo solucionarlo ni a quién preguntar. Porque hay que seguir comiendo, hay que seguir saliendo, hay que seguir hablando con personas que no aceptan lo que uno hace. Uno de estos libros que me fue muy útil es un ensayo de Amparo Serrano de Haro, Mujeres en el arte. Espejo y realidad  . 

Libro 'Mujeres en el arte. Espejo y realidad'

A mí me gusta mucho leer ensayo, tal vez porque soy historiadora, porque hay una parte del pasado que necesito conocer porque escribo novela histórica, también cuentos pero esos se sueñan de otra manera. De los ensayos extraes mucha información para el mundo que estás creando y que debe tener una base real en la novela histórica, real de la vida cotidiana y de la historia de las costumbres. También del por qué de esa historia de las costumbres. Este ensayo del que hablo pertenece al ámbito de la Historia del Arte. La autora hace un recorrido con el que intenta comprender por qué las mujeres han sido a lo largo de los siglos objeto del arte pero no sujetos creadores de arte, sobre todo no han sido reconocidas como tales. Ella analiza el proceso que llevó a silenciar a estas mujeres artistas. Lo define como un libro para personas apasionadas, porque el arte no se puede tratar sin pasión. Para mí es muy interesante cómo clarifica qué tipo de persona se dedica al arte, porque sorprende mucho que a pesar de todos los inconvenientes habidos a lo largo de la historia y de todos los prejuicios y condicionantes hayan habido mujeres que decidieron ser artistas.

Almuerzo en las jornadas

Carmen Comadrán, Elsa López y Tamara Avidad en un almuerzo de las II Jornadas la Voz de la Mujer en Santa Cruz de La Palma.

Una parte de la obra muy interesante es su análisis del siglo XX, cuando las mujeres se han incorporado a la vida pública, gracias a la lucha por la igualdad, a su visualización y a la legislación de sus aportaciones a la historia. Analiza cómo ha influido el punto de vista femenino a los movimientos artísticos de finales del siglo pasado, que es el punto de vista de la diferencia. Porque el dar visibilidad a las mujeres en el arte permite explicar esos problemas que suceden en el ámbito femenino que es necesario contar también. El que hayamos sido reconocidas como sujetos que crean arte también abre la puerta a que otras diferencias, otros grupos con etnias diferentes, con sexualidad diferente, otros grupos sociales que también ha sido ignorados a lo largo de la historia puedan expresarse. Estos movimientos han abierto una vía para que se rechace cualquier tipo de exclusión, algo que ha caracterizado al arte del siglo XX. 

La fuerza del ejemplo: Elsa López

Una vez que me vine a La Palma a escribir y acepté las dificultades que conlleva la elección de vida que yo realicé fui consecuente con ella, o he tratado de ser consecuente con ella. Aquí he tenido la suerte de conocer personalmente a una autora, a Elsa López, a la que ya había tratado profesionalmente en mi carrera de periodista. La entrevisté, a veces lo hemos hablado, en unas jornadas que tuvieron lugar en Gran Canaria sobre escribir en una isla, porque ella ha escogido vivir en La Palma y es un honor tenerla tan cerca en nuestro día a día. También la entrevisté en unas jornadas en Tenerife, en la que ella habló de la mujer y la escritura. Siempre que la escuchaba cuando era periodista sus palabras hacían latir  mi corazón de escritora, que se me salía del pecho. Porque es otra de esas artistas que dice verdades como puños, que se te clavan y no te dejan indiferente, no si estás vivo. Recuerdo que ella hablaba, se lo he recordado también, de que cuando ella escribía en su casa y a veces estaba en su despacho en ese momento en el que te llega la inspiración por fin, igual después de días sufriendo porque la tienes en la punta de la lengua pero no te sale, que en ese momento en el que se entregaba completamente a escribir, alguien abría la puerta para preguntarle si había planchado sus pantalones. El auditorio lleno de mujeres sonreímos, yo también. Son esas cosas del día a día de las que hablo.

Julieta Martín Fuentes. Elsa López y Belén Lorenzo Francisco en las jornadas

Elsa López, Julieta Martín Fuentes y Belén Lorenzo Francisco dan voz a las mujeres de la escritura. En La Sala La Recova de Santa Cruz de La Palma.

Uno elige románticamente ser escritora y cree que será tan fácil como sentarse y hacerlo pero luego viene la realidad, la familia, los amigos, las invitaciones. Todo eso es de agradecer y es maravilloso pero hay que combinarlo con la elección de ser artista, de la literatura; porque no es una vida igual a la de los que nos rodean, porque requiere de mucho espacio para la reflexión y la soledad. De otra manera no podremos crear ese mundo de nuestras obras. De todas las obras de Elsa López  me quedo con la novela Las brujas de la isla del vientoporque cuando la leí todavía estaba en Gran Canaria y recuerdo que sus descripciones de aquellas mujeres, su supuesta locura y sus verdades… yo me lo creía todo. Es la historia de un grupo de mujeres que está encerrada en un siquiátrico, inspirada en entrevistas que ella realizó a personas reales. Al sumergirte en sus palabras te das cuenta de que hay un mundo más allá de ese diagnóstico médico. Ese mundo es lo más grande que me ha regalado a mí Elsa López, el abrir una puerta a la posibilidad de que haya más mundos; porque hay tanto detrás de las personas, y ahí reside la inspiración para mí. Es una obra que tiene mucho que ver con que yo haya venido a escribir a La Palma, porque yo me crié con la brisa de El Paso, y con mi madre diciendo que el viento soplaba tan fuerte para que yo lo escuchara. Así aprendí que el viento te puede contar todas las historias que quieras, o que él quiera.

Libro 'Las brujas de la isla del viento'

Creo que Elsa López es un ejemplo de por qué necesitamos el arte, la literatura, porque pone voz a lo que muchas veces no somos capaces de expresar, ni de entender. Estamos en un camino en el que necesitamos figuras, ejemplos, acudir al arte para comprender y comprendernos mejor. El primer libro que cité, el de Maruja Torres, comienza con una frase que explica esto de lo que hablo. Defiende que escribir es comprender y yo estoy de acuerdo. Porque el arte nos remueve, porque es el camino que hemos tenido siempre para expresar, para comunicar las diferencias. Yo no creo que haya dos personas iguales. Por eso doy las gracias a las personas que se expresan artísticamente, o en su vida diaria, como más les gusta; porque si no nos expresamos, si no nos comunicamos, no vamos a ser capaces de disfrutar de la vida con todo lo que ella nos ofrece. Para eso escribo, para expresarme, para tratar de devolver toda esa vida que a mí me han dado los libros y los autores y autoras que han plasmado en ellos sus inquietudes más profundas. Con ellos me salvaron la vida y ojalá yo pueda salvar también la vida de otras personas. 

niños explorando el mundo

El País Pequeño de la Perpetua Corriente

Iba por todas las habitaciones con los ojos abiertos de par en par. Casi no podía respirar porque una puerta conducía a otra y, cuando creías que ya no había más, de algún rincón se pasaba a la siguiente y desde aquella, a alguna de más allá, o de más arriba. Finalmente, decidí asomarme a una ventana que permanecía abierta cuando llegué a un torreón. Me subí a un baúl para no caerme y, desde él, me alongué despacio, tratando de controlar el vértigo, envalentonándome para gritar al nuevo país que se abría ante mí.

-¡Hola! –el sonido de mi voz quedó colgando de las ramas para saltar por ellas, rebotando en las hojas, permaneciendo suspendido en el aire hasta avanzar con eco a través de la llanura.

-¡Hola! –escuché al fin.

-¡Hola! –repetí.

-¡Hola! –contestó aquella voz.

Así que satisfecho me bajé del baúl, puse los pies firmes en el suelo y retrocedí sobre mis pasos para deshacer el camino andado pensando que aquel trayecto no lo iba a olvidar nunca. Había alguien ahí fuera.

casa solitaria en el campo

Los días siguientes preparé afanado una mochila. Puse dentro una cantimplora, medio bocadillo de paté de hígado, que me encantaba, y unos lápices de colorear. No pensé en dónde dibujaría. Para mí, en aquellos tiempos, el papel no existía. Solo los colores y lo que dibujaba con ellos, porque siempre hay algo donde pintar si se mira alrededor con atención. También busqué, y en esto tardé un poco más, qué ropa ponerme. No porque fuera uno de esos presumidos, sino porque no sabía a dónde iba y esto me provocaba un gran nerviosismo. Era ese nerviosismo bueno que te impide dormir, pero no soñar. Por eso tardé varios días en ponerme en marcha. Varios días y unas cuantas madrugadas en dulce y ansioso duermevela hasta que, finalmente, decidí que me llevaría una camiseta y un paraguas. Fuera a donde fuera, siempre podría sacármela si hacía calor, y ponerme a cubierto si llovía. No quería enfermarme durante el viaje. A veces me enfermaba, y sería desconsiderado llegar de visita con mala salud.

Así que pertrechado con mi atuendo de travesía, con mis víveres y con mis lápices, lleno de ilusión, emprendí de nuevo el camino hacia el torreón, a través de puertas secretas en estancias continúas, para conocer a quien estaba al otro lado.

pasadizo

Pero cuando llegué por fin a la ventana me la encontré cerrada. Aquella vez estaba abierta, de modo que me senté en el suelo, desinflado y desconcertado. Quizás el viento la había golpeado, o tal vez me hubiera equivocado de habitación. Miré a mi alrededor y no. Definitivamente era aquella. Allí estaba el baúl y, sobre él, los cristales a través de los cuales se veían los árboles y, más allá, el espacio abierto, azul, desde el que me saludaron. Así que me acerqué decidido, puse un pie delante de otro, sobre la madera y pegué la nariz. Sí, era el sitio. Traté de abrirla empujándola con todo mi cuerpo pero no pude. ¡Qué tristeza más grande!

De nuevo en el suelo me quedé mirando el baúl. Quizás dentro estuviera la llave de la ventana. El resto de la habitación, con la cama y la mesa de noche, el armario de tres cuerpos y la lavadera con agua, la silla de mimbre o la mecedora estaban demasiado lejos. Sin duda, de haber sido llave, me hubiera escondido dentro de aquel cajón donde, realmente, podría haber cualquier cosa. Me quité la mochila de la espalda como quien se remanga la camisa para trabajar mejor y me acerqué sigiloso al mueble. Una vez delante me agaché para observarlo bien y después tocarlo. Al hacerlo, se me llenaron las manos de polvo y estornudé.

-Salud… –lanzó una voz desde mi espalda, pero al girarme no había nadie.

Volví a agacharme para escudriñar si salía de dentro del baúl, aunque tenía un poco de miedo. Quizás debía volver pero, una vez allí, tenía que comprobar todas las opciones. Una aventura era una aventura, o eso me repetía cuando levanté la tapa y estornudé otra vez, porque el aire de aquel país encerrado se llenó de polvo.

niño espiando por un agujero en la pared

-Salud… –volvió a decirme.

-¿Por qué está cerrada la ventana? –me atreví a preguntar aferrado a la tapa del baúl.

-Porque estoy aquí dentro.

-¿Dentro del baúl? –y me agaché para mirar con más atención. A un primer vistazo allí solo había ropa vieja, unos cuantos sombreros y más polvo.

-¿Vas a estornudar otra vez? –me preguntó.

-No lo sé –y de golpe cerré la tapa. Estaba un poco avergonzado. –Creo que no.

-Si lo haces no importa –me gustó mucho que dijera eso. –A mí también me pasa, a veces.

-¿Tienes alergia al polvo?

-¿Se llama así?

-Sí. No es nada en realidad. Solo necesito que mi cuerpo se adapte a lo que permanece cerrado. Luego ya estoy bien.

niño

-Mi cuerpo también necesita adaptarse entonces.

-¿Estás aquí encerrado? –no comprendía bien qué hacía dentro del baúl y lo abrí de nuevo para mirar dentro, buscándolo.

-¿Dentro de dónde?

Entonces me di cuenta. Él no veía lo que estaba haciendo. Solo me escuchaba, pero esto al principio fue solo una intuición, por lo que me decía, así que me dispuse a comprobarlo. Dejé la tapa del baúl apoyada en la pared, debajo de la ventana cerrada, para abrir mi mochila y sacar el medio bocadillo de paté para ofrecérselo.

-¿Quieres?

-¿Qué es? –no era una respuesta del todo aclaratoria.

-Es un bocadillo de paté.

-Ah. No, gracias

-¿Te gusta el paté? –indagué para comprobar mi hipótesis.

-No especialmente. Me gusta más la mantequilla. ¿Y a ti?

-A mí me encanta –como se hizo el silencio, seguí hablando. Por nada del mundo quería que se marchara. –También me gusta la mantequilla. Otro día, si quieres, lo traigo de mantequilla –y guardé mi medio bocadillo como si estuviera infectado. A partir de ahora comería todos los bocadillos del sabor favorito de mi amigo.

-Bueno.

Se hizo el silencio un largo rato así que decidí sentarme en el suelo. Como no decía nada empecé a sacar de mi mochila el paraguas, la cantimplora y los colores… los colores como el arco iris, y me quedé mirando al vacío, esperando no sé qué.

-¿Qué haces? –preguntó mi amigo.

-Quiero dibujar. ¿Tú dibujas?

-No.

A los colores no iba a renunciar así que decidí contarle algo más sobre ellos y mostrarle el país de los colores.

-Yo utilizo colores. Me gusta dibujar con ellos.

-¿Son bonitos los colores?

-Sí –respondí casi ahogando un grito de alegría porque no se había cerrado en banda, como me pareció que había hecho con el paté. –Me gustan todos pero mucho mucho el rojo, que es caliente; el azul, que parece frío pero también es caliente; y el lila, que es una mezcla de ambos: ni frío ni caliente, o muy caliente, según se mire.

-Suena bien. ¿Cómo lo haces?

-¿Dibujar?

-Sí.

-Hum, no sé –mientras hablaba miraba a mi alrededor buscando dónde hacerlo. Al momento vi bajo la cama un periódico viejo que cogí inmediatamente. Al lado había una cajita pequeña que también me llevé conmigo. La puse junto al paraguas y las cosas que había sacado de mi mochila y que ahora estaban esparcidas por el suelo.  –Se puede pintar sobre cualquier cosa, eso es lo bueno de los colores –desdoblaba el papel y se lo mostraba para que él pudiera verlo. –De haber cogido bolígrafos, por ejemplo, no podría pintar aquí, porque ya hay letras escritas, ¿ves? –hice el amago de mostrárselo y todo, aunque todavía no sabía si me estaba mirado, aunque enseguida me puse a dibujar porque eso ya no importaba. –Voy a hacernos un mapa para que siempre podamos encontrarnos aquí.

niño dibujando con colores

-Vale.

Cogí el azul y tracé un cuadrado, dentro del que hice unos círculos con las veces que había que girar a través de las puertas escondidas. Recordaba, así de momento y con los ojos cerrados, más de una docena, pero había que contar también con las escaleras que había bajado y subido, de modo que las puse en lila; finalmente, iba a dibujar el torreón pero no sabía ni qué color poner ni cómo representarlo. Una ventana no era adecuado, ya que estaba cerrada, el baúl tampoco, porque en verdad dentro no había encontrado nada. Miré a mi alrededor buscando inspiración pero no se me ocurría como marcar el punto de encuentro hasta que la voz de mi amigo me dio la respuesta.

-Dibuja un paraguas –me sonreí de oreja a oreja porque finalmente había averiguado que sí me veía. A mi lado, junto a la mochila, un poco más allá del dibujo, entre este y la ventana, estaba mi paraguas.

-Claro, es que en este país estamos a cubierto, ¿verdad?

-Jajaja –su risa me hizo reír a mí también. -¿Cómo lo adivinaste?

-Porque para eso lo puse. Para si llovía, tener donde refugiarme.

-Eso está muy bien pensado. Este será nuestro refugio.

-¡Vale! –estaba entusiasmado. -Te voy a hacer una copia del mapa para que te la lleves. Yo la pondré dentro de esta caja –alargué la mano para cogerla y abrirla. -Será nuestro secreto. ¿Tienes un cofre del tesoro donde ponerlo?

-Sí, claro –al escucharlo me puse manos a la obra con los colores para dibujar en el pedazo de periódico, justo al lado del mío, un mapa igual para mi amigo. 

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Registrar una obra literaria: trámites de la creación

Paciencia, ropa que hable de quien eres y una gran sonrisa. Así recomiendo que se vayan a hacer los trámites para el registrar la propiedad intelectual de la obra que se haya escrito, o de la obra de otro cuando se coordina una biografía, como fue mi caso en esta ocasión. Se pueden realizar digitalmente, si se posee firma electrónica, pero no cabe duda de que la experiencia en vivo vale la pena. Realmente puede ser un día inspirador tanto el conocimiento de los entresijos de la parte administrativa que todo artista debe tener como porque, por el mismo hecho de serlo, es maravilloso pasearse por la calle con el documento impreso, palpable y latente en la mano. Entonces eres más consciente de quién eres; algo que también se consigue en el ordenador pero este es un baño, por así decirlo, diferente.

Registrar una obra es necesario y muy recomendable tanto si se va a presentar a un certamen literario o si se va a enviar a editoriales y agentes literarios; como si se piensa en la autoedición; como si se muestra a personas que, aun siendo de confianza, tal vez no esté de más que quede constancia en algún lugar oficial de que es originalmente nuestra. Así es que una vez que llegamos a la conclusión de que queremos registrar lo que hemos parido con experiencia, sangre, dolor, placer y mucho trabajo, tenemos que organizar esta parte práctica de la vida del escritor.

Por ser precisamente una tarea práctica deberemos ponernos el corazón en su sitio y conectarlo al cerebro, pues vamos a salir al mundo real y este tiene sus propias reglas.

Pongamos por ejemplo la provincia de Las Palmas, donde fui a registrar una biografía de la que acabo de coordinar los textos para su edición. Tengo que confesar que he hecho los trámites con Lolita Pasión Travesías. Cuentos para soñadores , pero de una vez a otra se me diluyen los recuerdos en ese mar de emociones en el que vivimos los escritores. Por eso me pongo muy seria cada vez, con mi hemisferio del cerebro práctico conectado, y lo hago todo desde el principio sin dar nada por hecho. Al fin y al cabo, viviré una experiencia y la vida siempre te sorprende cuando te abres a recorrer el camino tal y como es. Así se alimentan mejor los relatos.

palabras escritas

De modo que con la obra en mi ordenador en PDF e impresa en el escritorio entro en Google y tecleo “registro de la propiedad intelectual“. Inmediatamente encuentro la página del Ministerio de Cultura español en la que te informan de que, para registrar tu creación debes ir a su delegación en tu comunidad autónoma. Así que vuelvo a la página de inicio en Google y escribo “registro de la propiedad intelectual + Canarias ” y encuentro la dirección donde debo realizarlo en la provincia de Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife, las dos capitales de provincia del archipiélago. Pero como cuando se trata de creatividad sé que mi cerebro tiende a la distracción, decido ir a la Oficina Canaria de Información para confirmar que estoy dando los pasos correctos. Evidentemente, no  hace falta, pero en mi caso una persona física me da tranquilidad, sobre todo en lo que a los trámites administrativos se refiere. Por eso, una vez allí, y tras hacer la cola que me podía haber ahorrado, les pregunto dónde registrar una obra literaria y me confirman que, efectivamente, en Las Palmas, se realiza en la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Consejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, ubicada en la calle Murga, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Al salir por la puerta me doy cuenta de que esa es la dirección que constaba en la página web y justo cuando iba a comenzar a darme de cabezazos por el tiempo perdido algo sucede. Me giro antes de dejar el edificio y veo a las personas sentadas esperando. Entonces, siento que esa hora y media no ha sido tan mala; sobre todo si miro con mi corazón de escritora. La atención personal en la oficina fue directa y sonriente, y la espera en la cola de lo más interesante. Estuve en silencio en medio de una familia que conversaba sobre su día a día mientras escuchaba enternecida sus desahogos por las dificultades del día a día, que no se diferenciaban mucho de las mías, todo hay que decirlo. Para un escritor, por lo menos para mí, las conversaciones son un tesoro para la inspiración y muchas más veces de lo que los demás se piensan son estos pequeños bocados de realidad los que nos dan las fuerzas para continuar.

La calle Murga no se encontraba lejos de donde estaba así que me dispuse a ir dando un paseo. Es bueno sentir el sol en el rostro tras días de encierro y trabajo frente al ordenador, saboreando la vida, con la obra a registrar bajo el brazo y la mirada despreocupada resbalando por los árboles, los edificios, las ventanas y el cielo; comprobando que ninguno ha dejado de estar ahí. A veces nos olvidamos de esto, sea uno artista o no. Por eso, cuando cruzaba el paso de peatones que me conducía al edificio gubernamental donde iba a registrar la obra para la que había coordinado los textos, reconocí inmediatamente a un amigo escritor al que había años que no veía. Este encuentro ante el registro de la propiedad intelectual es un cuento en sí mismo para cualquier creador, dado que en las mareas de la vida, uno navega contra el viento y las corrientes en solitario, incluso cuando los días están despejados y la mar en calma. Por eso, aunque no lo digamos, siempre nos acordamos de los otros que también han escogido este camino que desde fuera se ve tan arriesgado. Así es que allí, en medio de los coches, nos abrazamos y nos reímos un buen rato por aquella casualidad, en medio de las pitas de los conductores frenéticos. Decidimos celebrarlo e irnos a desayunar para contarnos esos años, la lucha y el resultado. Él fue quién me avisó de que mi documentación no estaba completa pero, aún así, me permití esa conversación en un puerto seguro un poco más, antes de volver a colocar mi cerebro en el modo administrativo e ir a hacer el trámite.

Fachada oficina del Registro de la Pro`piedad Intelectual

Una vez en la oficina del Registro de la Propiedad Intelectual en Las Palmas de Gran Canaria, me atendió una funcionaria maravillosamente amable que supuse debía estar acostumbrada a los despistes de los artistas, porque contestaba paciente y comprensiva a todas mis preguntas, y a mis angustias también. Todo ello me impactó notablemente y todavía resuenan en mis oídos sus palabras al explicarme que allí se registra “la obra creada por la persona, no recopilada”. Sus palabras retumbaron en mi corazón como si se tratara de una pelota sobre un frontón, rebotando una y otra vez por su delicadeza al pronunciarlas; porque, mientras las decía, acariciaba con las yemas de los dedos cada una de las páginas que le había entregado hasta comprobar el documento completo. Hay algo especial en las oficinas de cultura de cualquier organismo o institución, en las bibliotecas, en las librerías… Tal vez se trate del silencio, porque no es un silencio vacío, sino lleno de detalles que, al levantar la cabeza, uno observa a su alrededor y acaba por hacerlo sentir arropado, en casa. Carteles de obras de teatro en la pared, figuritas de instrumentos sobre la mesa, junto al ordenador, un perchero o una gramola que tal vez no se usan, pero que están ahí…Al terminar de admirar los rincones y fijar los ojos sobre la persona que te atiende comprendes que no es una persona cualquiera, y que cuando pronuncia “obra creada” sabe de lo que está hablando. Se produce entonces un guiño cómplice, una respiración calmada, una calidez de abrazo en el tono y en el momento. Y comprendes que puedes volver mañana con lo que te falta, porque ella seguirá allí, y no tener toda la documentación necesaria deja de ser un drama. Es cierto que hay prisa, que los horarios de entrega se pasan, que no te dará tiempo de reunir todo lo necesario, pero aun así vuelve a latir el corazón de escritora y escoges vivir el momento, entregarte a la conversación poniendo toda tu atención y no olvidar ningún detalle de lo que te cuenta.

dirección web para registrar una obra literaria

Así es que, para registrar una obra literaria, ya sea novela, memoria, ensayo, relato, poemas, cuento u obra teatral (también para un guion cinematográfico o estudio), hace falta entregar rellenado y firmado el formulario del Registro de la Propiedad Intelectual, que se recoge en la oficina física delegada del Ministerio de Cultura en cada comunidad autónoma, o que se puede descargar de la página web. Esta solicitud debe ir acompañada de una copia de la obra a registrar encuadernada o anillada con una primera página en donde se especifique claramente el título de la misma y el nombre y apellidos del autor. Una vez que se entrega de esta forma, en esta oficina nos dan un recibo con la cantidad que hay que pagar en el banco por registrar la obra, en este caso un poco más de trece euros. Con este recibo se va a la oficina bancaria más cercana en la que permitan hacer este trámite; recomiendo preguntar al funcionario dónde, porque no todas lo hacen. Luego, una vez pagada la tasa, nos quedamos con una copia y entregamos otra en el Registro, donde nos la sellan y devuelven junto con una copia la solicitud anterior, también sellada.

Y ya está. Atrás queda el siguiente en la cola de la oficina, al que miramos al salir con una sonrisa entrañable porque lo vemos con la obra en la mano, sin encuadernar y sin formulario, con el rostro de cachorro asustado que teníamos nosotros el día anterior. Pero sabemos que estará bien, ¿verdad?

Caminando en la oscuridad

Allí lo dejo, entrando, para irme a casa con el documento que confirma que el trabajo que he coordinado está registrado a nombre de la autora de las memorias y me voy a por el siguiente reto, que de eso está hecha la vida.

 

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Manual de Laura para viajar

Conducía por aquella carretera del norte al amanecer cuando se dio cuenta de que iba chocar contra una cabra. Pisó el frenl en un acto reflejo y logró que el vehículo quedara apenas a un milímetro del animal, que no se habían inmutado lo más mínimo y seguía rumiando tranquilamente en medio de la carretera. Laura la miró para maldecir pero al verle aquella expresión de indiferencia pastoril se echó a reír a carcajadas. Había comenzado a viajar sin rumbo, o con un rumbo preciso, aunque aún no se diera cuenta.

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Allí, en medio de la nada se dio cuenta de que estaba amaneciendo y de que aquellas primeras luces del día convertían en cielo, la carretera, su coche y la cabra en un milagro de la naturaleza. Un paisaje del alma, bello y accidentado, como estaba también la suya.

Se acercó al animal, que seguía donde mismo, para acariciarlo pero al llegar a su lado este reaccionó depositando rapidamente una retahíla de heces, pequeñas y oscuras como el chocolate. Laura se las quedó mirando sonriendo de nuevo. La cabra, sin inmutarse, había expresado su inquietud dedicándole sus excrementos. Pero seguía rumiando y su coche echando humo.

-Te voy a contar un cuento. A ver si cuando termine me dejas acariciarte. -le pidió con voz suave y mirada mansa.

-Bueno -le respondió la cabra. -pero no te conozco así que si no me gusta me iré aunque no hayas terminado.

Laura estaba muy sorprendida. Aquel animal, además de ser suicida y de estómago ligero, era también exigente.

-¿A qué esperas? -la cabra seguía hablándole. –Cuéntame un cuento y recuerda que estamos en  la hora bruja así que ten cuidado con lo que imaginas.

-¿La hora bruja? Nunca había escuchado hablar de ella.

-Claro, Laura -la joven se quedó perpleja porque supiera su nombre. -Es que solo eres humana. A la hora bruja -comenzó a explicarle, -se ve todo lo que no se ve, se siente todo lo que se esconde y se hace realidad todo lo que se sueña.

-¿Cómo puede ser eso? -ella no podía creer que aquella cabra hablara en serio. Con los deseos y sueños que ella había albergado toda su vida.

-Pues así es. Lo que ocurre es que solo sucede dos veces al día. Al amanecer y al anochecer y hay que estar avispado porque dura apenas un momento.

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-¿Estamos ahora en la hora bruja? -preguntó Laura.

-¿Qué comes que adivinas, pequeña? ¿Si no fuera así iba una cabra a estar hablando contigo?

-Tal vez me quedé dormida al volante -razonó.

-Puede ser. Pero esta mañana yo pedí que una humana me contara un cuento y aquí estás. En medio de la nada dispuesta a hacerlo, ¿verdad?

-Sí. La verdad es que contarle un cuento a una cabra en la hora bruja es un privilegio.

-Pues venga, que nos queda poco tiempo.

-En la hora bruja todo es posible, ¿verdad?

-Más que nunca -respondió la cabra con un alarido.

-Entonces voy a contarte una historia de amor, pero no una historia de amor cualquiera. Te voy a contar la historia de cómo el amor nos lleva allá donde imaginamos, de cómo si uno es valiente abre la puerta de la fantasía y nos hace creer, pero no solo a nosotros sino también a quienes han renunciado a él o han dejado de creer que tanta felicidad sea posible. De cómo viajar con el amor nos lleva a otros mundos y nos transforma.

La cabra guardó silencio un momento, rumiando la respuesta.

-¿También devuelve la fe a las cabras?

-Por supuesto. Si una cabra ama todo es posible -al escuchar esto el animal se tumbó tal como estaba, en medio de la carretera, junto al coche que aún tenía la puerta del conductor abierta y las marcas del frenado sobre el asfalto, bajo el cielo rojizo del amanecer, dispuesta para viajar al cuento de Laura en la hora bruja.

Había una vez una joven que estaba enamorada de un caballero que vivía en un castillo inaccesible. Lo había descubierto cuando llegaba en su barca al pueblito, porque se había construido la torre más alta del reino al otro lado de la bahía, pero tenía que llegar hasta la costa una vez por semana, cuando iba al mercado a comprar víveres. Solía pasar desapercibido para los demás, porque ni su atuendo no la expresión severa de su rostro dejaban entrever ningún don agradable para animar a nadie a decirle esto o aquello, nada más allá de las áridas conversaciones sobre el tiempo. Sin embargo a veces, cuando escogía la fruta entre las que se exponían a la venta, la joven había observado que se le dibujaba una sonrisa al llevárselas a la nariz para inspirar su aroma. También se sentaba en uno de los pilones del puerto, siempre en el mismo, antes de subir a su barca para remar de nuevo hacia su fortaleza. Pasaba allí largo rato hasta que al fin se echaba al agua y desaparecía en soledad. Ella un día se sentó en aquel rincón, aspiró el aroma a marisco, escuchó el bullicio del mercado y admiró a todos aquellos pescadores que recogían sus redes y limpiaban sus barcos tras un día de dura faena. Entonces algo saltó en su interior, y amo a aquel caballero que había encontrado el lugar perfecto del puerto para disfrutar de la vida que había en él. Y no pudo comprender por qué nadie se había dado cuenta antes.

Decidida, la joven saltó a una de las chalanas de los pescadores y llegó remando hasta la fortaleza. Allí la empalizada estaba subida, no había más que muros de piedra. Ni siquiera una ventana le permitían ver lo que había dentro. Aunque ella sabía que allí estaría su caballero, pero no sabía en qué pasaba su tiempo o en qué pensaba. Lo que sí sabía era que estaría haciendo algo que mereciera la pena, como aspirar el aroma de la fruta o disfrutar de la vida del mercado.

-¡A del castillo! -gritó. Y como nadie contestaba gritó más fuerte: -¡A del castillo, por favor!

-¿Y por qué grita? -la interrumpió la cabra. -que entre y ya está.

-Es que el caballero había decidido aislarse del mundo y había levantado un castillo en medio del mar sin empalizada, sin almenas y hasta sin torres. Su mundo cabía en único obelisco sin huecos que casi rascaba el cielo.

-Caramba. ¿Y cómo entraba?

-La joven no lo sabía, por eso gritaba -aclaró guiñándole el ojo a la cabra.

Ese caballero es muy complicado. Creo que va a ser un cuento demasiado largo –la cabra miró el cielo. El rojo del amanecer ya era naranja y comenzaba a sentir unas ganas tremendas de tirar para el monte. –Dale prisa, muchachita, si quieres que se haga realidad tu historia.

-Vale vale. ¿Cuánto tiempo tenemos? –la cabra levantó el hocico, señalando las montañas.

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-Cuando sean verdes ya no habrá magia –en aquel momento aún retenían el fuego de la llegada de la mañana.

-Volvió a llamar y nadie contestó –Laura hablaba sin dejar de mirar al horizonte hasta que cerró los ojos para viajar con su corazón hasta el centro del relato -pero como ella era joven pero de alma vieja, de estirpe de brujas buenas, guardó silencio un instante para escuchar desde dentro, a la vez que pedía consejo a sus ancestras. Ella quería conocer a aquel caballero que había descubierto el tesoro de la vida aún estando fuera de ella.

Así que escuchó y escuchó hasta que un gemido casi imperceptible llegó hasta ella. Miró hacia lo alto, hacia el obelisto para ver de dónde salía. Allí no habían huecos, solo piedra. Sin embargo, su alma vieja comprendía que aquel lamento era como una bandera que de auxilio que hondeara al viento, invisible a los ojos y corazones de quienes solo veían las apariencias.

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Por eso acercó un poco más la barca hasta el muro y se encaramó como pudo, escalando, subiendo con toda la dificultad del mundo, guiada por aquel lamento que solo ella escuchaba. Las manos le sangraban, se resbalaba y caía al agua pero volvía a subir al bote y desde él saltaba hasta la roca de nuevo. Mientras, el lamento era cada vez más débil, hasta que finalmente desapareció del todo. Desvaneciéndose como la bruma en la tarde que llena de humedad los corazones hasta congelarlos, pero no el de Laura, que seguía escalando, trepando y escuchando con su instinto de bruja buena.

Sin embargo, y casi cuando estaba en lo alto, una piedra mal encajada hizo que perdiera el equilibrió y cayó al mar sin remedio. El golpe fue tan fuerte, porque ya estaba casi casi a la altura del cielo, en lo alto del obelisco, que la dejó inconsciente y a merced de la marea.

-¿En serio? –la cabra no podía creérselo. –¿Tanto esfuerzo para nada? Ese caballero no se la merecía–se molestó de tal manera que escupió parte de la hierba que rumiaba justo al lado de los pies de Laura.

-Si crees en la hora bruja deberías creer en los encantamientos –le advirtió para tranquilizarla.

-No te digo que no pero, ¿que magia hace que te escondas? -era una cabra con carácter, de eso no cabía duda.

-¿No conoces el sufrimiento? -Laura acudió entonces a la verdad de su corazón para hacerla comprender.

El sufrimiento no es magia. Y él no se había escondido del todo. Iba al mercado a observar la vida, y gemía. En mi opinión -concluyó el animal, -algo dentro suyo luchaba por salir de aquella torre. Él fue el que hizo magia.

-Ciertamente eres muy lista–Laura se sorprendió con aquella reflexión y ya jamás la olvidaría. La cabra se acercó a ella y restregó su lomo contra su cintura. –Me caes bien -la acarició con ternura.

-Y tú a mí -la cabra estaba tan a gusto que casi sonreía. –Pero es que tengo que marcharme. Mira la montaña. Se está cerrando la puerta y he de irme al otro lado. ¿Me cuentas el final de la historia? Ella se habrá salvado, ¿verdad? –la cabra ya había salido de la carretera y trotaba alegremente monte arriba.

-Tendrás que esperar a la hora bruja de esta noche, o a la de mañana, para viajar con la hora bruja y saberlo –Laura la despedía dirigiéndose a su coche, que seguía en medio de la carretera, enviándole besos volados.

La cabra trotaba por el monte camino hacia la cumbre de la montaña a la vez que el verdor se llenaba de cantos de pájaros, de mariposas, de nubes que se levantaban dejando ver el cielo azul, despejado, amarillo. La hora bruja había concluído, por eso cuando llegó a la cima y bajó por la ladera ya caminaba a dos patas; con la melena al viento y una gran sonrisa en los labios. Caminaba hacia la bahía con el puerto de pescadores para llegar más allá, en medio del mar, hacia el obelisco de piedra dura que llegaba casi casi hasta el cielo; sin empalizada, sin almenas, sin torres…Al alcanzar la orilla se adentró en el agua y, un poco antes de llegar a él, se sumergió en las profundidades para llegar a su base, donde presionando una roca se habría una puerta por la que accedió hasta el interior. Allí estaba el caballero, sentado leyendo un libro junto a una chimenea. La recibió con una gran sonrisa y se levantó para envolverla en una toalla.

-Buenos días, Laura –y le dio un beso.

-Buenos días, mi vida –ella se quedó abrazada a él un buen rato para calentar su cuerpo mojado con el calor que desprendía.

-¿Mañana iremos al pueblo a comprar pescado? –le preguntó el caballero sin dejar de acariciarle la melena.

tango argentino

-Claro, cariño, y al atardecer, en la hora bruja, bailaremos como cabras con nuestros vecinos.