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Manual de Laura para viajar

Conducía por aquella carretera del norte al amanecer cuando se dio cuenta de que iba chocar contra una cabra. Pisó el frenl en un acto reflejo y logró que el vehículo quedara apenas a un milímetro del animal, que no se habían inmutado lo más mínimo y seguía rumiando tranquilamente en medio de la carretera. Laura la miró para maldecir pero al verle aquella expresión de indiferencia pastoril se echó a reír a carcajadas. Había comenzado a viajar sin rumbo, o con un rumbo preciso, aunque aún no se diera cuenta.

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Allí, en medio de la nada se dio cuenta de que estaba amaneciendo y de que aquellas primeras luces del día convertían en cielo, la carretera, su coche y la cabra en un milagro de la naturaleza. Un paisaje del alma, bello y accidentado, como estaba también la suya.

Se acercó al animal, que seguía donde mismo, para acariciarlo pero al llegar a su lado este reaccionó depositando rapidamente una retahíla de heces, pequeñas y oscuras como el chocolate. Laura se las quedó mirando sonriendo de nuevo. La cabra, sin inmutarse, había expresado su inquietud dedicándole sus excrementos. Pero seguía rumiando y su coche echando humo.

-Te voy a contar un cuento. A ver si cuando termine me dejas acariciarte. -le pidió con voz suave y mirada mansa.

-Bueno -le respondió la cabra. -pero no te conozco así que si no me gusta me iré aunque no hayas terminado.

Laura estaba muy sorprendida. Aquel animal, además de ser suicida y de estómago ligero, era también exigente.

-¿A qué esperas? -la cabra seguía hablándole. –Cuéntame un cuento y recuerda que estamos en  la hora bruja así que ten cuidado con lo que imaginas.

-¿La hora bruja? Nunca había escuchado hablar de ella.

-Claro, Laura -la joven se quedó perpleja porque supiera su nombre. -Es que solo eres humana. A la hora bruja -comenzó a explicarle, -se ve todo lo que no se ve, se siente todo lo que se esconde y se hace realidad todo lo que se sueña.

-¿Cómo puede ser eso? -ella no podía creer que aquella cabra hablara en serio. Con los deseos y sueños que ella había albergado toda su vida.

-Pues así es. Lo que ocurre es que solo sucede dos veces al día. Al amanecer y al anochecer y hay que estar avispado porque dura apenas un momento.

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-¿Estamos ahora en la hora bruja? -preguntó Laura.

-¿Qué comes que adivinas, pequeña? ¿Si no fuera así iba una cabra a estar hablando contigo?

-Tal vez me quedé dormida al volante -razonó.

-Puede ser. Pero esta mañana yo pedí que una humana me contara un cuento y aquí estás. En medio de la nada dispuesta a hacerlo, ¿verdad?

-Sí. La verdad es que contarle un cuento a una cabra en la hora bruja es un privilegio.

-Pues venga, que nos queda poco tiempo.

-En la hora bruja todo es posible, ¿verdad?

-Más que nunca -respondió la cabra con un alarido.

-Entonces voy a contarte una historia de amor, pero no una historia de amor cualquiera. Te voy a contar la historia de cómo el amor nos lleva allá donde imaginamos, de cómo si uno es valiente abre la puerta de la fantasía y nos hace creer, pero no solo a nosotros sino también a quienes han renunciado a él o han dejado de creer que tanta felicidad sea posible. De cómo viajar con el amor nos lleva a otros mundos y nos transforma.

La cabra guardó silencio un momento, rumiando la respuesta.

-¿También devuelve la fe a las cabras?

-Por supuesto. Si una cabra ama todo es posible -al escuchar esto el animal se tumbó tal como estaba, en medio de la carretera, junto al coche que aún tenía la puerta del conductor abierta y las marcas del frenado sobre el asfalto, bajo el cielo rojizo del amanecer, dispuesta para viajar al cuento de Laura en la hora bruja.

Había una vez una joven que estaba enamorada de un caballero que vivía en un castillo inaccesible. Lo había descubierto cuando llegaba en su barca al pueblito, porque se había construido la torre más alta del reino al otro lado de la bahía, pero tenía que llegar hasta la costa una vez por semana, cuando iba al mercado a comprar víveres. Solía pasar desapercibido para los demás, porque ni su atuendo no la expresión severa de su rostro dejaban entrever ningún don agradable para animar a nadie a decirle esto o aquello, nada más allá de las áridas conversaciones sobre el tiempo. Sin embargo a veces, cuando escogía la fruta entre las que se exponían a la venta, la joven había observado que se le dibujaba una sonrisa al llevárselas a la nariz para inspirar su aroma. También se sentaba en uno de los pilones del puerto, siempre en el mismo, antes de subir a su barca para remar de nuevo hacia su fortaleza. Pasaba allí largo rato hasta que al fin se echaba al agua y desaparecía en soledad. Ella un día se sentó en aquel rincón, aspiró el aroma a marisco, escuchó el bullicio del mercado y admiró a todos aquellos pescadores que recogían sus redes y limpiaban sus barcos tras un día de dura faena. Entonces algo saltó en su interior, y amo a aquel caballero que había encontrado el lugar perfecto del puerto para disfrutar de la vida que había en él. Y no pudo comprender por qué nadie se había dado cuenta antes.

Decidida, la joven saltó a una de las chalanas de los pescadores y llegó remando hasta la fortaleza. Allí la empalizada estaba subida, no había más que muros de piedra. Ni siquiera una ventana le permitían ver lo que había dentro. Aunque ella sabía que allí estaría su caballero, pero no sabía en qué pasaba su tiempo o en qué pensaba. Lo que sí sabía era que estaría haciendo algo que mereciera la pena, como aspirar el aroma de la fruta o disfrutar de la vida del mercado.

-¡A del castillo! -gritó. Y como nadie contestaba gritó más fuerte: -¡A del castillo, por favor!

-¿Y por qué grita? -la interrumpió la cabra. -que entre y ya está.

-Es que el caballero había decidido aislarse del mundo y había levantado un castillo en medio del mar sin empalizada, sin almenas y hasta sin torres. Su mundo cabía en único obelisco sin huecos que casi rascaba el cielo.

-Caramba. ¿Y cómo entraba?

-La joven no lo sabía, por eso gritaba -aclaró guiñándole el ojo a la cabra.

Ese caballero es muy complicado. Creo que va a ser un cuento demasiado largo –la cabra miró el cielo. El rojo del amanecer ya era naranja y comenzaba a sentir unas ganas tremendas de tirar para el monte. –Dale prisa, muchachita, si quieres que se haga realidad tu historia.

-Vale vale. ¿Cuánto tiempo tenemos? –la cabra levantó el hocico, señalando las montañas.

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-Cuando sean verdes ya no habrá magia –en aquel momento aún retenían el fuego de la llegada de la mañana.

-Volvió a llamar y nadie contestó –Laura hablaba sin dejar de mirar al horizonte hasta que cerró los ojos para viajar con su corazón hasta el centro del relato -pero como ella era joven pero de alma vieja, de estirpe de brujas buenas, guardó silencio un instante para escuchar desde dentro, a la vez que pedía consejo a sus ancestras. Ella quería conocer a aquel caballero que había descubierto el tesoro de la vida aún estando fuera de ella.

Así que escuchó y escuchó hasta que un gemido casi imperceptible llegó hasta ella. Miró hacia lo alto, hacia el obelisto para ver de dónde salía. Allí no habían huecos, solo piedra. Sin embargo, su alma vieja comprendía que aquel lamento era como una bandera que de auxilio que hondeara al viento, invisible a los ojos y corazones de quienes solo veían las apariencias.

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Por eso acercó un poco más la barca hasta el muro y se encaramó como pudo, escalando, subiendo con toda la dificultad del mundo, guiada por aquel lamento que solo ella escuchaba. Las manos le sangraban, se resbalaba y caía al agua pero volvía a subir al bote y desde él saltaba hasta la roca de nuevo. Mientras, el lamento era cada vez más débil, hasta que finalmente desapareció del todo. Desvaneciéndose como la bruma en la tarde que llena de humedad los corazones hasta congelarlos, pero no el de Laura, que seguía escalando, trepando y escuchando con su instinto de bruja buena.

Sin embargo, y casi cuando estaba en lo alto, una piedra mal encajada hizo que perdiera el equilibrió y cayó al mar sin remedio. El golpe fue tan fuerte, porque ya estaba casi casi a la altura del cielo, en lo alto del obelisco, que la dejó inconsciente y a merced de la marea.

-¿En serio? –la cabra no podía creérselo. –¿Tanto esfuerzo para nada? Ese caballero no se la merecía–se molestó de tal manera que escupió parte de la hierba que rumiaba justo al lado de los pies de Laura.

-Si crees en la hora bruja deberías creer en los encantamientos –le advirtió para tranquilizarla.

-No te digo que no pero, ¿que magia hace que te escondas? -era una cabra con carácter, de eso no cabía duda.

-¿No conoces el sufrimiento? -Laura acudió entonces a la verdad de su corazón para hacerla comprender.

El sufrimiento no es magia. Y él no se había escondido del todo. Iba al mercado a observar la vida, y gemía. En mi opinión -concluyó el animal, -algo dentro suyo luchaba por salir de aquella torre. Él fue el que hizo magia.

-Ciertamente eres muy lista–Laura se sorprendió con aquella reflexión y ya jamás la olvidaría. La cabra se acercó a ella y restregó su lomo contra su cintura. –Me caes bien -la acarició con ternura.

-Y tú a mí -la cabra estaba tan a gusto que casi sonreía. –Pero es que tengo que marcharme. Mira la montaña. Se está cerrando la puerta y he de irme al otro lado. ¿Me cuentas el final de la historia? Ella se habrá salvado, ¿verdad? –la cabra ya había salido de la carretera y trotaba alegremente monte arriba.

-Tendrás que esperar a la hora bruja de esta noche, o a la de mañana, para viajar con la hora bruja y saberlo –Laura la despedía dirigiéndose a su coche, que seguía en medio de la carretera, enviándole besos volados.

La cabra trotaba por el monte camino hacia la cumbre de la montaña a la vez que el verdor se llenaba de cantos de pájaros, de mariposas, de nubes que se levantaban dejando ver el cielo azul, despejado, amarillo. La hora bruja había concluído, por eso cuando llegó a la cima y bajó por la ladera ya caminaba a dos patas; con la melena al viento y una gran sonrisa en los labios. Caminaba hacia la bahía con el puerto de pescadores para llegar más allá, en medio del mar, hacia el obelisco de piedra dura que llegaba casi casi hasta el cielo; sin empalizada, sin almenas, sin torres…Al alcanzar la orilla se adentró en el agua y, un poco antes de llegar a él, se sumergió en las profundidades para llegar a su base, donde presionando una roca se habría una puerta por la que accedió hasta el interior. Allí estaba el caballero, sentado leyendo un libro junto a una chimenea. La recibió con una gran sonrisa y se levantó para envolverla en una toalla.

-Buenos días, Laura –y le dio un beso.

-Buenos días, mi vida –ella se quedó abrazada a él un buen rato para calentar su cuerpo mojado con el calor que desprendía.

-¿Mañana iremos al pueblo a comprar pescado? –le preguntó el caballero sin dejar de acariciarle la melena.

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-Claro, cariño, y al atardecer, en la hora bruja, bailaremos como cabras con nuestros vecinos.

 

 

corazón

Amor, el Diablo y el Cielo en el Infierno

Demasiado amor puede matarte, o convertirte en el Diablo. Aunque a él nunca le gustó ese nombre, porque se lo dieron en el Cielo, donde tras desterrarlo, o hacerlo caer, tras quitarle las alas, buscaron una forma de llamarlo que dejara claro que ya no era de los suyos. Porque vino a entrevistarse conmigo, porque tras siglos escuchando a humanos y ángeles, hasta a los mismos hombres refiriéndose a él como el peor de los seres de la Creación, buscó mis servicios. Porque quería que fuera su abogado.

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Al principio no estaba seguro de aceptar su caso. Es cierto que me tentaba la idea, mucho más por comprender las circunstancias que lo habían llevado a representar todo lo bajo, todo lo vil, todo lo peor de los seres humanos, que al fin y al cabo también habían sido creado por el Padre de todo lo que habita en la tierra, en el cielo, en los mares y, por extensión en ese lugar más abajo de la tierra donde lo habían confinado. Las leyendas y cuentos sobre él decían que había sido el ángel más fiel, el más obediente, el más leal de todos los miembros de su ejército celestial. Mi primera pregunta era por qué un ser todopoderoso necesitaba un ejército, y de ser así, por qué había tenido la necesidad, ya que estos seres eran perfectos, de crear al hombre, a su imagen y semejanza. Así es que, ya que el Diablo conseguía, según la leyenda también, adquirir adeptos, recurriendo a sus instintos más viles, algo se nos escapaba al hablar de sus culpas. Había muchas cuestiones que no encajaban. Por eso me propuse averiguarlo y la mejor manera de hacerlo era visitándolo a él: al mismísimo padre de todos los demonios.

Como es de suponer, él vino a buscarme. Se presentó ante mí con apariencia humana. Era un hombre elegante, con esa elegancia que atrae y que reside mucho más allá de su apariencia. Su forma de saludarme, estrechándome la mano con extremada cortesía y dirigiéndose a mí con educación y respeto, me descolocó desde el primer momento.

-Buenos días -me lo encontré sentado en mi despacho sin que nadie lo hubiera anunciado. Permanecía sentado en el sillón de los clientes, de espaldas a mí, que entraba por la puerta después de mi descanso para el desayuno y mi vuelta matinal por diferentes lugares de la ciudad con la que me relajaba antes de zambullirme en la realidad de los problemas e inconvenientes que angustiaban a los seres comunes que habitaban sobre la tierra. Ya a primera vista me di cuenta de que no era un cliente común. Su voz era serena y no se giró para recibirme. Así que entré y me senté, admirando por fin su aspecto sin saber aún que se trataba del mismísimo Señor de los Infiernos.

-Puedo ayudarle en algo -le pregunté desconcertado por su mirada fija en mis ojos, penetrante pero tierna, invitándome a relajarme.

-Tengo entendido que es usted un abogado poco común.

-Agradezco que me tenga en esa consideración -su entrada en la conversación seguía inspirándome confianza. -Si me lo permite, no sé su nombre. ¿Cómo se llama?

-Tengo muchos nombres. Puede llamarme Samael.

-Y, ¿tiene apellido?

-Es mejor que obviemos el apellido de momento, si le parece bien.

-Necesito saber con quién estoy hablando.

-Se lo diré si finalmente decide aceptar mi caso, ¿le parece bien? -acompañaba sus palabras con una imperturbable pero exquisita educación porque, mientras hablaba, sacó del bolsillo interior de la chaqueta de su impecable traje de diseño italiano; que yo no pude evitar admirar y que me llevó a concluir que podía ser un cliente con el que pagar las facturas para el mantenimiento de mi despacho unos cuantos meses, quizás durante años si mis impresiones eras acertadas. -¿Puedo fumar?

-No es algo que permita en mi despacho pero con usted haré una excepción. Por favor, cuénteme en qué puedo ayudarle.

-Tengo un problema, digamos familiar -Samael extrajo un cigarrillo de su pitillera plateada y le prendió fuego con un mechero dorado muy fino que estaba dentro. -que ha derivado en calumnias y, como consecuencia, en destierro -inhaló el humo y lo exhaló con total serenidad.

-¿Destierro? -no era una causa común, de eso no me cabía duda. El destierro no era una práctica habitual desde hacía, en fin, desde hacía muchísimos años, por lo menos en occidente y en el siglo XXI. -No comprendo. ¿Su familia lo ha desheredado?

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-Es mucho peor que eso. Me han desterrado al inframundo y allí no me ha quedado más remedio que subsistir de la única forma que estaba a mi alcance.

-Y, ¿cómo ha subsistido, Samael? -en mi profesión había escuchado toda clase de relatos pero ninguno, hasta el momento, había incluido el inframundo.

-Tratando con los peores seres humanos imaginables. Es una ironía que me rebelara contra mi padre porque no estaba de acuerdo con su devoción por los seres humanos, en detrimento de los ángeles, y que ahora deba recibir a todos aquellos que justifican, precisamente, mi oposición a su creación.

-Disculpe, no lo comprendo -comenzaba a pensar que tenía ante mí a un demente. -¿Dice que se oponía a su padre porque creó a seres humanos?

-Exacto -volvió a darle una calada al cigarrillo y, esta vez, cruzó la pierda cómodamente.

-¿A qué se refiere usted cuando habla de calumnias? -intentaba centrar la consulta porque, de alguna manera, mi esencia de abogado buscaba una lógica a un relato que estaba perdiendo toda coherencia.

-Mis hermanos, los ángeles, son obedientes por naturaleza. Esa la esencia de nuestros actos. Fuimos creados para acompañar a Dios y para ayudarlo en la Creación, para guiar a sus creaciones según sus designios, para dar amor sin límites.

-Comprendo -dije, por aparentar que aquella conversación tenía algún sentido pero estaba deseando coger el móvil y enviar un mensaje a mi socio en el despacho para que llamara a los sanitarios y que se llevaran a aquel tipo a donde pudieran curarlo de su locura. No me podía creer que un demente se hubiera colado en mi oficina.

-Sé que está comenzando a perder la paciencia pero, créame, lo que le cuento no son desvaríos de un loco.

-La verdad, no sé qué pensar -inmediatamente la habitación se llenó de luz y las paredes desaparecieron. Mi cuerpo comenzó a flotar mientras que mi cliente permanecía sentado, con la pierna cruzada, fumando como si nada sucediera.

-Podría haber llenado la habitación de llamas, le hubiera mostrado el infierno, pero no quiero que esta conversación se cimiente sobre el miedo -me explicó desde donde estaba mientras yo ascendía hasta lo alto del edificio y, al mirar hacia abajo, veía mi despacho tal cual, solo que ahora mis ojos podían ver a través de las paredes. No podía creerlo pero estaba volando. -Solo quiero que comprenda que no soy de este mundo, por lo menos no de este mundo de humanos.

-Entonces, es usted un ángel -al decir esto, volví de nuevo a mi asiento sin que nada me sucediera.

-Un ángel no. O más bien ya no.

-Pero me ha hecho volar. O es que ha utilizado algún truco síquico -intentaba buscar alguna explicación racional. Yo era un hombre de leyes y, por eso mismo, no aceptaba fácilmente lo sobrenatural.

-¿Tiene usted fe, abogado? -me preguntó cuando me tuvo otra vez frente a frente. -Disculpe, ¿dónde puedo apagar la colilla? -no supe qué responderle porque estaba atónito, de modo que la hizo desaparecer.

-Sí, supongo que sí. No son cuestiones que uno se plantee directamente pero nos educan para tenerla -miraba su mano y la colilla que había desaparecido ante mis ojos.

-Interesante respuesta. Y ahora, tras conocerme, ¿tiene fe? -no podía responder. Mi cuerpo se había entumecido y mis miembros no respondían. Tenía la garganta seca y era incapaz de emitir ningún sonido. -La fe es fundamental. Incluso para creer en el mal hay que aceptar el bien.

-Supongo que sí -pude contestar al fin.

-Entonces, ¿sabe que el mayor acto de fe es el amor? -ahora su tono se había tornado melancólico. -Es un salto al vacío, es renunciar a todo lo que uno ve, a los hechos, y confiar solo en lo que se siente. Es un salto de fe porque no se ve lo que hay al otro lado, pero uno espera que haya algo, ¿verdad? -moví afirmativamente la cabeza -Así que ha estado enamorado.

-Me temo que sí.

-Por eso lo elegí. Porque sabe lo que es el amor, y porque aún le duele el amor.

-¿Cómo sabe eso?

-Yo lo sé todo. Mucho más en las almas a las que puedo tentar para llevarme conmigo.

-¿Me está diciendo que puede tentarme? ¿Que se llevaría mi alma por amor?

-Sí quisiera sí, claro -y me dedicó una sonrisa.

Tanto poder y tan tranquilo. Lo miraba y no podía comprender cómo se mantenía sereno. No me pareció un hombre poderoso, sí cautivador, pero no poderoso. Tal vez no fuera un hombre. Me mantuve en silencio un instante, la sospecha de quién era tomaba forma de certeza en mi interior.

-¿Qué le pasó con su familia? -no quería preguntarle lo que ya sabía.

-Yo amaba a mi familia.

-La familia no es fácil.

-No lo es. Sobre todo cuando hay amor. Elyon no da explicaciones. Solo nos reunió un día a todos sus ángeles para decirnos que había creado a los seres humanos a su imagen y semejanza.

-¿Elyon? -intentaba acotar los hechos, los protagonistas y aquel nombre no lo había mencionado antes.

-Sí. Elyon, Olam, Yahweh…Dios, hombre. Llámalo como quieras. El que nos creó -entonces sí advertí rencor en sus palabras.

-De acuerdo. Llamemos Elyon a Dios. ¿Y por qué le desterraron?

-Yo amaba a Dios. Lo amaba con ese amor que no conoce freno ni límites. Hubiera hecho cualquier cosa que él me pidiera pero aquello, decir que había creado a los seres humanos a su imagen y semejanza. Aquello no lo entendí. Así que, tras observarlos durante largo tiempo no estuve de acuerdo.

-No estuvo de acuerdo, ¿con qué? -no quedaba claro cómo podía ayudarle un abogado.

-Con amar a los seres humanos como amaba a Elyon. Dios es perfecto, es la máxima expresión de la belleza y la sabiduría. Él está en todas las cosas bellas, y en las terribles también, porque son necesarias; él las creó para que la vida fuera posible, porque todo lo que hace tiene un sentido y un objetivo. El hombre es todo lo contrario a eso -y se puso la mano en el pecho para pedirme disculpas al decir esto, incluso bajó un poco la cabeza para demostrarme que me estaba teniendo en cuenta. -Los seres humanos, si los tientas un poquito, pierden toda noción de lo que es justo o injusto, se dejan llevar por sus más bajos instintos, incluso actúan contra sus propios hermanos, padres, esposas, hijos, si se trata de supervivencia, a veces incluso solo por capricho. ¿Cómo amar a seres así como se ama al Creador? ¿Cómo obedecer para cuidarlos, guiarlos y protegerlos? Yo no estaba de acuerdo con aquello y defendí mis argumentos ante el consejo celestial.

Me había quedado atónito. Estaba asistiendo, en vivo y en directo, a una conversación con el mismísimo Demonio. Pero este no era el ser vil y repulsivo del que hablaban todas las leyendas. Era cabal y razonable en la explicación de sus argumentos. Sin embargo, si él existía, y lo tenía ante mis ojos, también debía existir el Infierno, y como consecuencia, los tormentos y torturas que tenían lugar en él.

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-Así que huiste del Cielo y creaste el Infierno -intenté continuar con la cronología de los hechos porque el caso ya me estaba interesando realmente.

-Más bien me expulsaron, o me invitaron a marcharme, por ser justo, tras una revuelta en la que logré convencer a más de un ángel para que se opusiera a esta nueva creación de Elyon.

-Una revuelta. No suena bien.

-Y no fue bien. Luchamos con todas las armas que teníamos a nuestro alcance. Por eso descubrimos el lado oscuro del amor. Porque nos dejamos cegar por él, porque Dios no nos escuchaba pero no cedía a nuestros deseos. Porque él quería que protegiéramos a los seres humanos y, finalmente, terminamos por pensar que si estos habían sido creado a su imagen y semejanza…entonces, ¿qué éramos nosotros? Así comenzó la guerra.

-Dijiste revuelta -le corregí.

-Se convirtió en una guerra en la que nos expulsaron del Cielo y, dado que en la Tierra estaban los seres humanos y los ángeles que quedaban afines a Elyon los protegían, tuvimos que buscarnos otro sitio, otros métodos, otros objetivos.

-El Infierno.

-Sí, el Infierno. Pero este no fue creado para el mal estrictamente dicho, ni para los malvados. Solo lo mantenemos para que Dios vea que los seres humanos no son cómo él cree, Que se dejan llevar por sus instintos, que traicionan y matan, que reniegan del amor si tienen que elegir entre este y otros placeres más inmediatos, que mienten, que se olvidan de aquellos que los ayudaron, que desean lo que no es suyo….La lista es interminable. Llevo milenios recopilando información.

-No puedo negar que la historia que me cuentas es interesante pero, ¿qué quieres que haga yo? Solo soy un abogado.

Entonces, Samael se levantó y se dirigió hacia mí bordeando la mesa de mi despacho para ponerse de espaldas y mirar por los grandes ventanales el mundo.

-Quiero volver a casa -su voz sonaba triste.

-Lo comprendo pero, ¿cómo puedo ayudarte?

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El Diablo se dio la vuelta y me miró fijamente. Sus ojos eran color café pero, al mantener sus pupilas fijas en mí me di cuenta de que poseían una aureola color caramelo alrededor de las pupilas y que, al cabo de unos instantes, y con el reflejo de la luz que irradiaban, se tornaban verdes y grisáceos hasta terminar en ámbar y retornar al café inicial. Hubiera jurado que en ellos habitaba la dulzura del amor, no su maldad.

-Quiero volver a casa. ¿Puedes hacer algo?

No supe que contestar porque era imposible que el Diablo saliera victorioso de un juicio. Estaba el inconveniente de llamar a Dios, a Elyon, a Olam, a Yahweh como testigo. De igual manera, habría que convocar a otros ángeles, así como a aquellos condenados que sufrían tormentos indecibles en el Infierno. No sería un caso fácil, y mucho menos convencional. Pero Samael estaba allí, en mi despacho, mirándome con aquellos ojos llenos de matices, como la realidad, como la vida misma. Debían existir los matices también en el Cielo y habría que demostrarlo. Posiblemente no ganáramos el proceso pero estaba seguro de que el mundo no sería el mismo una vez que este concluyera. Así que, por el amor que veía en él, merecía la pena intentarlo.

-Está bien, señor Samael. Llevaré su caso. Seré el abogado del Diablo.

 

 

 

Mural sobre Tanausú

Tanausú: el rey noble, el rey guerrero de La Palma

Dicen que hay un lugar a donde se va siempre en La Palma cuando la vida se pone difícil. Dicen que allí la fuerza y la energía se contagian, y que podemos oír y sentir a los que lo habitaban antes que nosotros. Dicen que si muestras respeto comprendes que la vida es más grande que tú, y que todo está conectado. Tanausú lo sabía y por eso, más de cinco siglos después, su legado perdura entre nosotros.

Caldera de Taburiente

A veces olvidamos eso, olvidamos todo, pero dicen que hay historias que permanecen en el viento para inspirarnos y ayudarnos a recordar lo que importa cuando la vida se vuelve incomprensible. Porque, ¿qué es lo importante?

Había una vez, hace muchos muchísimos, años un ser bello con los ojos negros como el abismo en el que caías si te mirabas en ellos. ¿Quién no ha caído en un abismo al enamorarse de unos ojos negros? Así que Tanausú no era el único que la amaba. También lo amaba su amigo, Mayantigo, el mencey de Aridane. Él era el mencey de Aceró así que lucharon para poseerla poniendo en riesgo a su pueblo.

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“Ninguno es dueño de mi vida así que ninguno puede luchar por ella. Solo yo decido lo que hago con mi vida” La joven de los ojos negros, Acerina, los separó y les pidió que nunca más ninguno de ellos levantaran la mano contra un hermano. Acerina amaba a Tanausú pero estaba dispuesta a renunciar a su amor porque amaba mucho más a su isla, y a su pueblo.

isla de La Palma

Acerina y Tanausú vivían en el corazón de La Palma, en Aceró, y dicen las crónicas históricas que han llegado hasta nosotros que este nombre significaba para ellos  “lugar fuerte“, y que incluía este territorio actual de El Paso, también La Caldera de Taburiente. Y este corazón latía en armonía con el sol, anhelando la lluvia como ahora, venerando a sus antepasados como nosotros y rindiendo homenaje a lo que les rodeaba con ofrendas  y sacrificios periódicos que llevaban aquí mismo, ante el Roque Idafe, situado en el interior de la Caldera.

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Así que ellos caminaban por estas mismas tierras, como nosotros, con corazones vivos como los nuestros, tomando decisiones a diario como nosotros. Y sus acciones aún resuenan entre nosotros porque con ellas siguen vivos en nuestra memoria. Sus decisiones, sus acciones, los mantienen vivos.

pintura de carabelas

Acerina: -Nunca levantes la mano contra un hermano.
Tanausú: -¿Y si vienen hermanos desde más allá de los mares?
Acerina: -¿Hay hermanos más allá de los mares?

grabados La Fajana

Tanausú: -Si los hay, habrá que escuchar al corazón, al corazón que late grabado en roca en La Caldera de Taburiente.

Hoy en día la historia de este rey se ha convertido en leyenda, así como la de su reina, que prefirieron morir a dejarse dominar por esos hermanos que llegaron de los mares. El cómo lucharon y el cómo resistieron para que su valor y su nobleza llegara a nuestros días es otra historia, que bien podemos comprender cuando decididmos que no merece la pena vivir sin libertad, o por lo menos que eso no es vivir, y mucho menos lejos de quiénes amamos.

Matías, de Sabotaje al Montaje, pintando el mural sobre Tanausú en El Paso

Matías, de Sabotaje al Montaje, pintando el mural sobre Tanausú en El Paso

Ellos nos lo  enseñaron y estos días, en la Festival dePASO, se conmemora su herencia con un mural a cargo de Sabotaje al Montaje, que representa para todos al ser que luchó por salvar a su pueblo, al que amaba más que a su vida, al igual que Acerina. Con ello quedará unida para siempre la primera cultura de La Palma con la cultura actual, ya que está ubicado en la fachada de la Casa de la Cultura Braulio Martín Hernández pasense.

hombre bajo las estrellas

La estrella, el grillo y la música de la madrugada

La estrella más alta del cielo se había caído. Había intentado llegar más lejos pero resbaló y rodó despeñándose hasta algún rincón perdido, junto a un riachuelo. La brillante luz lloraba, porque se había hecho daño y le dolía así que un pequeño grillo que jugaba con sus patas la escuchó y se acercó saltando hasta ella.
-¿Qué te pasa? -le preguntó sin más según llegó. Pero no obtuvo respuesta, solo una mirada centelleante. Por eso, y aunque iba ya por su segundo salto de regreso a los amores secos se giró un instante, intrigado. Entonces, vio a la estrella desde lejos, sola y arrebujada en torno a su propio brillo, gimiendo en silencio bajo el manto lejano de su misma especie mirándola silenciosa y decidió acercarse de nuevo, otra vez dando brinquitos.

árbol con luz

-¿Qué te pasa? -ahora su voz sonó más cálida y más auténtica, auténticamente preocupada. Por eso, la estrella le respondió:
-Nada -pero su luz se apagó un poco al decir esto y él comprendió.
-¿Tienes hambre? -añadió para darle conversación.
-Yo no como -aclaró ella un poco confusa.
-¿No comes? ¿Por qué?
-No sé. Nunca tengo hambre.
-Ah. Pues la comida está muy rica -al decir esto, el grillo pensó un instante en su plato favorito y se puso tan nervioso que sus patas comenzaron a moverse solas. Entonces los ruiditos de felicidad que emitió al hacerlo lo hicieron sonreír de felicidad.
-¿Qué haces? -la estrella lo miraba más intensa que nunca.
-¿Esto? -y jugó una y otra vez con sus patas, provocándose carcajadas en cada nota sin poder evitarlo.
-No. Eso que se te pone en el rostro.
-¿El qué? -él se tocaba la cara algo preocupado. -¿Qué tengo?
-No sé -la estrella nunca había visto nada igual salvo en otra estrella, claro. -Es que tienes luz.
-¿Luz? ¿Y eso qué es? -el grillo se tumbó para escucharla a gusto, le gustaba que hubiera dejado de llorar. Al verlo ella se tumbó también, al principio un poco incómoda pero pronto se le olvidó porque se sintió alucinada. Sobre sus cabezas y el murmullo sereno del riachuelo y las montañas brillaban cientos, miles, millones de estrellas.
-Es eso -le señaló con una gran sonrisa dibujada en su rostro resplandeciente.
-Oh… –el grillo había descubierto por qué le gustaba jugar con sus patas. Esa sensación de calor que calentaba su corazón al hacerlo era fuego de estrellas. Si eso había en una sonrisa nunca dejaría de cantar. -¿Te puedo hacer una pregunta? -añadió.
-Llevas todo el rato preguntando -ella pensaba ahora en cómo volver al cielo.
-¿Eres una estrella?
-No una buena estrella en todo caso.
-¿Por qué dices eso?
-Porque me caí.
-Y eso, ¿qué tiene que ver?
-No sé.
¿Tú que eres? -quiso saber algo de él por primera vez en la noche y eso a él le gustó.
-Soy el que sonríe -bromeó girándose para dedicarle un juego de patas con sus palabras.
-Y el que brilla -ella no miraba, sonriéndole, y ambos centellearon.

unicornio

Y así se hicieron amigos el grillo y la estrella, un poco porque él era un habitante de la noche y un poco porque ella vio luz en él. Pero siempre quería volver a su casa. -Allá en el cielo -le explicaba con cariño al grillo cuando este quería averiguar angustiado dónde se iría su amiga.

La estrella intentó durante semanas marcharse. Se levantaba la primera según llegaba la puesta de sol para subirse a todo pino, risco piedra que encontraba y desde ellos se lanzaba con las puntas estiradas, esperando tocar el cielo. El grillo la esperaba bajo el manto de estrellas jugando con sus patas y al poco llegaban todo tipo de animales nocturnos a preguntarle qué estaba haciendo su amiga la estrella.
-¿Por qué salta? -curioseaba el búho mientras ella caída de nuevo.
-No sé -recibía como única respuesta del grillo.
-¿Para qué está subida ahí? -indagaba el murciélago cuando se encaramaba a un penacho.
-No sé -recibía como única respuesta del grillo.
-Se hará daño -anunciaba el lobo contemplando su vuelo.
-No sé -recibía como única respuesta del grillo.

Luego, justo antes del amanecer ambos volvían juntos a casa y dormían tras un largo paseo con una brillante y sonora conversación.

Una madrugada la estrella saltó con tantas ganas que desapareció. El grillo estaba jugando, cantando y riendo y de pronto ella ya no estaba. El búho, el murciélago y el lobo lo ayudaron a buscarla pero como no aparecía lo llevaron a rastras a casa.
-Volverá -le dijeron antes de cerrar la puerta.
-No sé -recibieron como única respuesta del grillo.

Durante mucho muchísimo tiempo el grillo se subió cada noche a los árboles, los riscos y las rocas intentando saltar para llegar al cielo donde vivía la estrella. Siempre bajo la atenta y condescendiente mirada del búho, el murciélago y el lobo. Pero él siempre se caía. Sin embargo al atardecer siguiente volvía a intentarlo de nuevo, hasta aburrir a los otros animales de la noche; que volvieron a sus habituales quehaceres.

montaña rusa

Meses después se encontraron el búho y el murciélago en un claro de luna y el primero preguntó al segundo:
-¿Qué es del grillo?
-No sé -recibió como única respuesta del murciélago, que colgaba de la rama de un árbol cercano dejándose caer para tratar de tocar el cielo nocturno boca abajo.

Y el lobo, que pasaba por allí añadió, señalándolo: -Se hará daño.

Desde entonces suena en las notas de los grillos que cantan cada noche la leyenda de aquel que utilizó toda su luz para llegar al cielo, y de una estrella caída que se encaramaba con él a los árboles para contarle sus secretos. Y dicen los animales de la noche que escuchan el centellear que resplandece que son ellos bailando, riendo y brillando hasta altas horas de la madrugada.

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Arco iris

Las Tierras de Osorio y el aceite de la vida

“Cuando llegues a Osorio di que vas de mi parte. Ya les he avisado”. Así que con estas palabras del jefe del clan resonando en su pecho, Traslación emprendió el camino hacia aquellas tierras de leyenda, sangre y fuego. Así es como las imaginaba. Sin embargo, cuando llegó su espesura verde y el aire fresco le robaron el corazón para siempre. Ella llegaba del mar, de alta mar, donde el mundo es azul y el horizonte lejano, con la brisa y la sal como compañeros de viaje, a veces aliados, a veces totalmente en contra. Por eso, sintió que aquel lugar era el paraíso nada más verlo, y respirarlo.

Los habitantes de Osorio eran seres extraordinarios que con todos los recursos de la naturaleza a su alcance, devolvían a la tierra su sustento y su generosidad en cada estación del año, que contaban con tiempos diferentes a los que había en los océanos que ella recorría con su familia marina. Porque en las aguas, solo el día y la noche contaban, porque en la jornada había todo un mundo de cambios que siempre los mantenían alerta, porque había que luchar por la vida mientras saliera el sol y se llenara la noche con su paraguas de estrellas, porque no podían dejarse dominar por la corriente. Pero en aquel lugar de leyenda, al que ella había acudido a buscar a Los Caballos de Fuego que salvarían a los suyos, no parecía importar abandonarse a la celebración y la fiesta, y al día siguiente todos seguían sonriendo porque siempre había comida en la mesa.

buceador

buceador

Los Caballos de Fuego poseían el secreto para hacer volar más rápido que el viento las naves del océano. Durante milenios, sus habilidades para transformar el esfuerzo en la sustancia que hacía girar la Tierra los había convertido en legendarios, igual que el lugar donde vivían, mansamente, abrazados a la naturaleza y a sus costumbres de seres salvajes y libres en el tiempo. Hasta allí llegaban todos los habitantes del mar, porque sin su aceite esencial no podían botar sus embarcaciones en las aguas y viajar por el mundo, su mundo ya también después de miles de años. Así que mantenían una alianza por la que, a cambio del coral de las estrellas con el que aquellos comerciaban entre los puertos, los Caballos de Fuego les prestaban, cada dos generaciones, su sabiduría para que se mantuvieran a flote a pesar de los caprichos de los elementos. Y su tesoro era el coral de las estrellas que extraían buceadores expertos de los fondos abisales. Con él, los Caballos de Fuego podían mantener relaciones con otros lugares de tierra firme, porque aunque hubieran decidido mantenerse al margen de las relaciones comerciales, sí habían comprendido que estar ajenos a ellas no beneficiaba a la naturaleza de la vida.

Así pues, Traslación llegó a las Tierras de Osorio a buscar el aceite esencial, como puente y vínculo que une el agua con el cielo, y allí celebraron su llegada con el coral de las estrellas como el arco iris que guarda al final el tesoro de la vida en la tierra.

Durante varias estaciones ella celebró sus fiestas, compartió su pan, durmió en sus lechos, bailó su música y nunca nunca recordó que tendría que regresar al mar con su familia. En ese tiempo también, un caballo de fuego iniciado escuchó sus cuentos sobre las estrellas y las profundidades, sobre el agua llena de sal y sobre la música que traía el viento cuando no se arremolinaba y se lamentaba contra las embarcaciones. Los días plenos de ella y las estaciones apacibles de él, la salada hermosura y la espesura verde de ambas existencias contrapuestas llenaron sus corazones hasta colmarlos, porque se unían en los extremos. Y ninguno quería dejar de sentir la belleza del otro. Ambos eran puentes, ambos eran arco iris, y de celebración en celebración comprendían cómo siendo diferentes eran, sin embargo, iguales.

Caballo

El Caballo de Fuego, llegado el día en el que Traslación tenía que marcharse de Osorio, empaquetó las pocas pertenencias que tenía porque ahora anhelaba ser arco iris de alta mar con ella y así se lo había anunciado al resto de la manada. Ella estaba más abajo esperando a que le dieran el aceite esencial para llevarlo con los suyos, tumbada respirando frescura, tratando de grabar en su memoria tanta belleza así que no lo vio llegar trotando de contento. Se levantó para respirar mejor, para sentir mejor el aire lleno de naturaleza, y respirando se sintió invadida por una singular alegría que la hizo girar y girar hasta caer donde mismo estaba para comenzar a reír. Entonces lo vio. Él se había parado en seco para contemplar a un ser de agua amando tierra firme. Se había quedado allí pasmado, conteniendo su deseo de ir con ella, comprendiendo entonces cómo se convierte el esfuerzo en fuego que hace girar la tierra. Porque a la vez que el miedo entumecía los músculos de sus patas, un calor extremo se apoderó de su pecho y en un abrir y cerrar de párpados llegó junto a ella, que al verlo se levantaba para recibirlo. Entonces la besó.

La manada de Caballos de Fuego los observaba más arriba con la satisfacción de haber sido testigos una vez más del milagro de la vida en Osorio. -Porque no hay opuestos ni lejanos si se tienden puentes y se deja correr al arco iris, ¿verdad mami? -relinchó un potrillo.  -Sí, pequeño -le contestó ella. -Ese es el aceite del que está hecha la vida, cariño.

Mapa antiguo de Europa

San Borondón y ‘La araña roja’

Surcaba los mares y no dejaba cadáveres a su paso. La araña roja era un navío pirata pero también un veneno que propagaba su maldición allá donde atracaba, convirtiendo en fantasmas a los habitantes de poblados y puertos, de islas y continentes. Decían que era el cofre que contenía todas las enfermedades y que una vez izaba sus velas estas volaban con los vientos que una vez desatara Pandora. Su capitán, Icov Malvatestla, no era un hombre sino un espectro a quien obedecían los esclavos que, con tal de no ir directos al infierno, se habían convertido en su tripulación y buscaban la isla perdida de San Borondón.

Navío del siglo XIX

Esta leyenda había corrido de boca en boca hacía más de cincuenta años, así que cuando La araña roja atracó en el puerto de San Borondon, todos corrieron  a refugiarse en sus viviendas. Sobre el mástil mayor hondeaba la bandera pirata y entre la proa y la popa una veintena de hombres esperaban saltar a tierra sucios y armados hasta los dientes. Icov Malvatestla tenía el pie apoyado sobre el borde de la embarcación y una sonrisa malévola llenaba la expresión de sus ojos. Debía muchas almas a su aliado en el inframundo y se las cobraría todas en aquella isla de leyenda. Había tardado siglos en encontrar San Borondón así que sus habitantes, escondidos y a refugio entre las brumas del océano atlántico, valdrían el doble, sobre todo los niños.

Nadie se defendió, ningún hombre empuñó la espada, pues aquel lugar era una tierra de paz donde no hacían falta ni justicia, ni leyes, ni nada. Los habitantes de San Borondón eran seres puros que concebían la vida y su pueblo como el paraíso en la tierra y solo el respeto orientaba sus actos. La araña roja era en infierno hecho navío por fuerzas que ninguno comprendía, solo sentían que el mal los transformaba en cuanto subían a bordo, encadenados y arrastrados por aquella tripulación fantasma esclavizada. Icov Malvatestla reía y reía satisfecho hasta que un hombre, el último de todos en subir y el único que llevaba sujeto de la mano a un niño lo miró fijamente para decirle:

-Ríe ahora, pero hay fuerzas también que ocultan esta isla a los ojos de los hombres comunes y si has tardado siglos en encontrala para hacernos fantasmas, ten por seguro que ninguna magia oscura te sacará de aquí, al menos en muchos siglos también.

estrellas

Nunca más se ha visto a La araña roja surcar los mares, tampoco nadie ha llegado nunca a San Borondón pero, ¿por qué dudar de su existencia?