Arco iris

Las Tierras de Osorio y el aceite de la vida

“Cuando llegues a Osorio di que vas de mi parte. Ya les he avisado”. Así que con estas palabras del jefe del clan resonando en su pecho, Traslación emprendió el camino hacia aquellas tierras de leyenda, sangre y fuego. Así es como las imaginaba. Sin embargo, cuando llegó su espesura verde y el aire fresco le robaron el corazón para siempre. Ella llegaba del mar, de alta mar, donde el mundo es azul y el horizonte lejano, con la brisa y la sal como compañeros de viaje, a veces aliados, a veces totalmente en contra. Por eso, sintió que aquel lugar era el paraíso nada más verlo, y respirarlo.

Los habitantes de Osorio eran seres extraordinarios que con todos los recursos de la naturaleza a su alcance, devolvían a la tierra su sustento y su generosidad en cada estación del año, que contaban con tiempos diferentes a los que había en los océanos que ella recorría con su familia marina. Porque en las aguas, solo el día y la noche contaban, porque en la jornada había todo un mundo de cambios que siempre los mantenían alerta, porque había que luchar por la vida mientras saliera el sol y se llenara la noche con su paraguas de estrellas, porque no podían dejarse dominar por la corriente. Pero en aquel lugar de leyenda, al que ella había acudido a buscar a Los Caballos de Fuego que salvarían a los suyos, no parecía importar abandonarse a la celebración y la fiesta, y al día siguiente todos seguían sonriendo porque siempre había comida en la mesa.

buceador

buceador

Los Caballos de Fuego poseían el secreto para hacer volar más rápido que el viento las naves del océano. Durante milenios, sus habilidades para transformar el esfuerzo en la sustancia que hacía girar la Tierra los había convertido en legendarios, igual que el lugar donde vivían, mansamente, abrazados a la naturaleza y a sus costumbres de seres salvajes y libres en el tiempo. Hasta allí llegaban todos los habitantes del mar, porque sin su aceite esencial no podían botar sus embarcaciones en las aguas y viajar por el mundo, su mundo ya también después de miles de años. Así que mantenían una alianza por la que, a cambio del coral de las estrellas con el que aquellos comerciaban entre los puertos, los Caballos de Fuego les prestaban, cada dos generaciones, su sabiduría para que se mantuvieran a flote a pesar de los caprichos de los elementos. Y su tesoro era el coral de las estrellas que extraían buceadores expertos de los fondos abisales. Con él, los Caballos de Fuego podían mantener relaciones con otros lugares de tierra firme, porque aunque hubieran decidido mantenerse al margen de las relaciones comerciales, sí habían comprendido que estar ajenos a ellas no beneficiaba a la naturaleza de la vida.

Así pues, Traslación llegó a las Tierras de Osorio a buscar el aceite esencial, como puente y vínculo que une el agua con el cielo, y allí celebraron su llegada con el coral de las estrellas como el arco iris que guarda al final el tesoro de la vida en la tierra.

Durante varias estaciones ella celebró sus fiestas, compartió su pan, durmió en sus lechos, bailó su música y nunca nunca recordó que tendría que regresar al mar con su familia. En ese tiempo también, un caballo de fuego iniciado escuchó sus cuentos sobre las estrellas y las profundidades, sobre el agua llena de sal y sobre la música que traía el viento cuando no se arremolinaba y se lamentaba contra las embarcaciones. Los días plenos de ella y las estaciones apacibles de él, la salada hermosura y la espesura verde de ambas existencias contrapuestas llenaron sus corazones hasta colmarlos, porque se unían en los extremos. Y ninguno quería dejar de sentir la belleza del otro. Ambos eran puentes, ambos eran arco iris, y de celebración en celebración comprendían cómo siendo diferentes eran, sin embargo, iguales.

Caballo

El Caballo de Fuego, llegado el día en el que Traslación tenía que marcharse de Osorio, empaquetó las pocas pertenencias que tenía porque ahora anhelaba ser arco iris de alta mar con ella y así se lo había anunciado al resto de la manada. Ella estaba más abajo esperando a que le dieran el aceite esencial para llevarlo con los suyos, tumbada respirando frescura, tratando de grabar en su memoria tanta belleza así que no lo vio llegar trotando de contento. Se levantó para respirar mejor, para sentir mejor el aire lleno de naturaleza, y respirando se sintió invadida por una singular alegría que la hizo girar y girar hasta caer donde mismo estaba para comenzar a reír. Entonces lo vio. Él se había parado en seco para contemplar a un ser de agua amando tierra firme. Se había quedado allí pasmado, conteniendo su deseo de ir con ella, comprendiendo entonces cómo se convierte el esfuerzo en fuego que hace girar la tierra. Porque a la vez que el miedo entumecía los músculos de sus patas, un calor extremo se apoderó de su pecho y en un abrir y cerrar de párpados llegó junto a ella, que al verlo se levantaba para recibirlo. Entonces la besó.

La manada de Caballos de Fuego los observaba más arriba con la satisfacción de haber sido testigos una vez más del milagro de la vida en Osorio. -Porque no hay opuestos ni lejanos si se tienden puentes y se deja correr al arco iris, ¿verdad mami? -relinchó un potrillo.  -Sí, pequeño -le contestó ella. -Ese es el aceite del que está hecha la vida, cariño.

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