hombre bajo las estrellas

La estrella, el grillo y la música de la madrugada

La estrella más alta del cielo se había caído. Había intentado llegar más lejos pero resbaló y rodó despeñándose hasta algún rincón perdido, junto a un riachuelo. La brillante luz lloraba, porque se había hecho daño y le dolía así que un pequeño grillo que jugaba con sus patas la escuchó y se acercó saltando hasta ella.
-¿Qué te pasa? -le preguntó sin más según llegó. Pero no obtuvo respuesta, solo una mirada centelleante. Por eso, y aunque iba ya por su segundo salto de regreso a los amores secos se giró un instante, intrigado. Entonces, vio a la estrella desde lejos, sola y arrebujada en torno a su propio brillo, gimiendo en silencio bajo el manto lejano de su misma especie mirándola silenciosa y decidió acercarse de nuevo, otra vez dando brinquitos.

árbol con luz

-¿Qué te pasa? -ahora su voz sonó más cálida y más auténtica, auténticamente preocupada. Por eso, la estrella le respondió:
-Nada -pero su luz se apagó un poco al decir esto y él comprendió.
-¿Tienes hambre? -añadió para darle conversación.
-Yo no como -aclaró ella un poco confusa.
-¿No comes? ¿Por qué?
-No sé. Nunca tengo hambre.
-Ah. Pues la comida está muy rica -al decir esto, el grillo pensó un instante en su plato favorito y se puso tan nervioso que sus patas comenzaron a moverse solas. Entonces los ruiditos de felicidad que emitió al hacerlo lo hicieron sonreír de felicidad.
-¿Qué haces? -la estrella lo miraba más intensa que nunca.
-¿Esto? -y jugó una y otra vez con sus patas, provocándose carcajadas en cada nota sin poder evitarlo.
-No. Eso que se te pone en el rostro.
-¿El qué? -él se tocaba la cara algo preocupado. -¿Qué tengo?
-No sé -la estrella nunca había visto nada igual salvo en otra estrella, claro. -Es que tienes luz.
-¿Luz? ¿Y eso qué es? -el grillo se tumbó para escucharla a gusto, le gustaba que hubiera dejado de llorar. Al verlo ella se tumbó también, al principio un poco incómoda pero pronto se le olvidó porque se sintió alucinada. Sobre sus cabezas y el murmullo sereno del riachuelo y las montañas brillaban cientos, miles, millones de estrellas.
-Es eso -le señaló con una gran sonrisa dibujada en su rostro resplandeciente.
-Oh… –el grillo había descubierto por qué le gustaba jugar con sus patas. Esa sensación de calor que calentaba su corazón al hacerlo era fuego de estrellas. Si eso había en una sonrisa nunca dejaría de cantar. -¿Te puedo hacer una pregunta? -añadió.
-Llevas todo el rato preguntando -ella pensaba ahora en cómo volver al cielo.
-¿Eres una estrella?
-No una buena estrella en todo caso.
-¿Por qué dices eso?
-Porque me caí.
-Y eso, ¿qué tiene que ver?
-No sé.
¿Tú que eres? -quiso saber algo de él por primera vez en la noche y eso a él le gustó.
-Soy el que sonríe -bromeó girándose para dedicarle un juego de patas con sus palabras.
-Y el que brilla -ella no miraba, sonriéndole, y ambos centellearon.

unicornio

Y así se hicieron amigos el grillo y la estrella, un poco porque él era un habitante de la noche y un poco porque ella vio luz en él. Pero siempre quería volver a su casa. -Allá en el cielo -le explicaba con cariño al grillo cuando este quería averiguar angustiado dónde se iría su amiga.

La estrella intentó durante semanas marcharse. Se levantaba la primera según llegaba la puesta de sol para subirse a todo pino, risco piedra que encontraba y desde ellos se lanzaba con las puntas estiradas, esperando tocar el cielo. El grillo la esperaba bajo el manto de estrellas jugando con sus patas y al poco llegaban todo tipo de animales nocturnos a preguntarle qué estaba haciendo su amiga la estrella.
-¿Por qué salta? -curioseaba el búho mientras ella caída de nuevo.
-No sé -recibía como única respuesta del grillo.
-¿Para qué está subida ahí? -indagaba el murciélago cuando se encaramaba a un penacho.
-No sé -recibía como única respuesta del grillo.
-Se hará daño -anunciaba el lobo contemplando su vuelo.
-No sé -recibía como única respuesta del grillo.

Luego, justo antes del amanecer ambos volvían juntos a casa y dormían tras un largo paseo con una brillante y sonora conversación.

Una madrugada la estrella saltó con tantas ganas que desapareció. El grillo estaba jugando, cantando y riendo y de pronto ella ya no estaba. El búho, el murciélago y el lobo lo ayudaron a buscarla pero como no aparecía lo llevaron a rastras a casa.
-Volverá -le dijeron antes de cerrar la puerta.
-No sé -recibieron como única respuesta del grillo.

Durante mucho muchísimo tiempo el grillo se subió cada noche a los árboles, los riscos y las rocas intentando saltar para llegar al cielo donde vivía la estrella. Siempre bajo la atenta y condescendiente mirada del búho, el murciélago y el lobo. Pero él siempre se caía. Sin embargo al atardecer siguiente volvía a intentarlo de nuevo, hasta aburrir a los otros animales de la noche; que volvieron a sus habituales quehaceres.

montaña rusa

Meses después se encontraron el búho y el murciélago en un claro de luna y el primero preguntó al segundo:
-¿Qué es del grillo?
-No sé -recibió como única respuesta del murciélago, que colgaba de la rama de un árbol cercano dejándose caer para tratar de tocar el cielo nocturno boca abajo.

Y el lobo, que pasaba por allí añadió, señalándolo: -Se hará daño.

Desde entonces suena en las notas de los grillos que cantan cada noche la leyenda de aquel que utilizó toda su luz para llegar al cielo, y de una estrella caída que se encaramaba con él a los árboles para contarle sus secretos. Y dicen los animales de la noche que escuchan el centellear que resplandece que son ellos bailando, riendo y brillando hasta altas horas de la madrugada.

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