niños explorando el mundo

El País Pequeño de la Perpetua Corriente

Iba por todas las habitaciones con los ojos abiertos de par en par. Casi no podía respirar porque una puerta conducía a otra y, cuando creías que ya no había más, de algún rincón se pasaba a la siguiente y desde aquella, a alguna de más allá, o de más arriba. Finalmente, decidí asomarme a una ventana que permanecía abierta cuando llegué a un torreón. Me subí a un baúl para no caerme y, desde él, me alongué despacio, tratando de controlar el vértigo, envalentonándome para gritar al nuevo país que se abría ante mí.

-¡Hola! –el sonido de mi voz quedó colgando de las ramas para saltar por ellas, rebotando en las hojas, permaneciendo suspendido en el aire hasta avanzar con eco a través de la llanura.

-¡Hola! –escuché al fin.

-¡Hola! –repetí.

-¡Hola! –contestó aquella voz.

Así que satisfecho me bajé del baúl, puse los pies firmes en el suelo y retrocedí sobre mis pasos para deshacer el camino andado pensando que aquel trayecto no lo iba a olvidar nunca. Había alguien ahí fuera.

casa solitaria en el campo

Los días siguientes preparé afanado una mochila. Puse dentro una cantimplora, medio bocadillo de paté de hígado, que me encantaba, y unos lápices de colorear. No pensé en dónde dibujaría. Para mí, en aquellos tiempos, el papel no existía. Solo los colores y lo que dibujaba con ellos, porque siempre hay algo donde pintar si se mira alrededor con atención. También busqué, y en esto tardé un poco más, qué ropa ponerme. No porque fuera uno de esos presumidos, sino porque no sabía a dónde iba y esto me provocaba un gran nerviosismo. Era ese nerviosismo bueno que te impide dormir, pero no soñar. Por eso tardé varios días en ponerme en marcha. Varios días y unas cuantas madrugadas en dulce y ansioso duermevela hasta que, finalmente, decidí que me llevaría una camiseta y un paraguas. Fuera a donde fuera, siempre podría sacármela si hacía calor, y ponerme a cubierto si llovía. No quería enfermarme durante el viaje. A veces me enfermaba, y sería desconsiderado llegar de visita con mala salud.

Así que pertrechado con mi atuendo de travesía, con mis víveres y con mis lápices, lleno de ilusión, emprendí de nuevo el camino hacia el torreón, a través de puertas secretas en estancias continúas, para conocer a quien estaba al otro lado.

pasadizo

Pero cuando llegué por fin a la ventana me la encontré cerrada. Aquella vez estaba abierta, de modo que me senté en el suelo, desinflado y desconcertado. Quizás el viento la había golpeado, o tal vez me hubiera equivocado de habitación. Miré a mi alrededor y no. Definitivamente era aquella. Allí estaba el baúl y, sobre él, los cristales a través de los cuales se veían los árboles y, más allá, el espacio abierto, azul, desde el que me saludaron. Así que me acerqué decidido, puse un pie delante de otro, sobre la madera y pegué la nariz. Sí, era el sitio. Traté de abrirla empujándola con todo mi cuerpo pero no pude. ¡Qué tristeza más grande!

De nuevo en el suelo me quedé mirando el baúl. Quizás dentro estuviera la llave de la ventana. El resto de la habitación, con la cama y la mesa de noche, el armario de tres cuerpos y la lavadera con agua, la silla de mimbre o la mecedora estaban demasiado lejos. Sin duda, de haber sido llave, me hubiera escondido dentro de aquel cajón donde, realmente, podría haber cualquier cosa. Me quité la mochila de la espalda como quien se remanga la camisa para trabajar mejor y me acerqué sigiloso al mueble. Una vez delante me agaché para observarlo bien y después tocarlo. Al hacerlo, se me llenaron las manos de polvo y estornudé.

-Salud… –lanzó una voz desde mi espalda, pero al girarme no había nadie.

Volví a agacharme para escudriñar si salía de dentro del baúl, aunque tenía un poco de miedo. Quizás debía volver pero, una vez allí, tenía que comprobar todas las opciones. Una aventura era una aventura, o eso me repetía cuando levanté la tapa y estornudé otra vez, porque el aire de aquel país encerrado se llenó de polvo.

niño espiando por un agujero en la pared

-Salud… –volvió a decirme.

-¿Por qué está cerrada la ventana? –me atreví a preguntar aferrado a la tapa del baúl.

-Porque estoy aquí dentro.

-¿Dentro del baúl? –y me agaché para mirar con más atención. A un primer vistazo allí solo había ropa vieja, unos cuantos sombreros y más polvo.

-¿Vas a estornudar otra vez? –me preguntó.

-No lo sé –y de golpe cerré la tapa. Estaba un poco avergonzado. –Creo que no.

-Si lo haces no importa –me gustó mucho que dijera eso. –A mí también me pasa, a veces.

-¿Tienes alergia al polvo?

-¿Se llama así?

-Sí. No es nada en realidad. Solo necesito que mi cuerpo se adapte a lo que permanece cerrado. Luego ya estoy bien.

niño

-Mi cuerpo también necesita adaptarse entonces.

-¿Estás aquí encerrado? –no comprendía bien qué hacía dentro del baúl y lo abrí de nuevo para mirar dentro, buscándolo.

-¿Dentro de dónde?

Entonces me di cuenta. Él no veía lo que estaba haciendo. Solo me escuchaba, pero esto al principio fue solo una intuición, por lo que me decía, así que me dispuse a comprobarlo. Dejé la tapa del baúl apoyada en la pared, debajo de la ventana cerrada, para abrir mi mochila y sacar el medio bocadillo de paté para ofrecérselo.

-¿Quieres?

-¿Qué es? –no era una respuesta del todo aclaratoria.

-Es un bocadillo de paté.

-Ah. No, gracias

-¿Te gusta el paté? –indagué para comprobar mi hipótesis.

-No especialmente. Me gusta más la mantequilla. ¿Y a ti?

-A mí me encanta –como se hizo el silencio, seguí hablando. Por nada del mundo quería que se marchara. –También me gusta la mantequilla. Otro día, si quieres, lo traigo de mantequilla –y guardé mi medio bocadillo como si estuviera infectado. A partir de ahora comería todos los bocadillos del sabor favorito de mi amigo.

-Bueno.

Se hizo el silencio un largo rato así que decidí sentarme en el suelo. Como no decía nada empecé a sacar de mi mochila el paraguas, la cantimplora y los colores… los colores como el arco iris, y me quedé mirando al vacío, esperando no sé qué.

-¿Qué haces? –preguntó mi amigo.

-Quiero dibujar. ¿Tú dibujas?

-No.

A los colores no iba a renunciar así que decidí contarle algo más sobre ellos y mostrarle el país de los colores.

-Yo utilizo colores. Me gusta dibujar con ellos.

-¿Son bonitos los colores?

-Sí –respondí casi ahogando un grito de alegría porque no se había cerrado en banda, como me pareció que había hecho con el paté. –Me gustan todos pero mucho mucho el rojo, que es caliente; el azul, que parece frío pero también es caliente; y el lila, que es una mezcla de ambos: ni frío ni caliente, o muy caliente, según se mire.

-Suena bien. ¿Cómo lo haces?

-¿Dibujar?

-Sí.

-Hum, no sé –mientras hablaba miraba a mi alrededor buscando dónde hacerlo. Al momento vi bajo la cama un periódico viejo que cogí inmediatamente. Al lado había una cajita pequeña que también me llevé conmigo. La puse junto al paraguas y las cosas que había sacado de mi mochila y que ahora estaban esparcidas por el suelo.  –Se puede pintar sobre cualquier cosa, eso es lo bueno de los colores –desdoblaba el papel y se lo mostraba para que él pudiera verlo. –De haber cogido bolígrafos, por ejemplo, no podría pintar aquí, porque ya hay letras escritas, ¿ves? –hice el amago de mostrárselo y todo, aunque todavía no sabía si me estaba mirado, aunque enseguida me puse a dibujar porque eso ya no importaba. –Voy a hacernos un mapa para que siempre podamos encontrarnos aquí.

niño dibujando con colores

-Vale.

Cogí el azul y tracé un cuadrado, dentro del que hice unos círculos con las veces que había que girar a través de las puertas escondidas. Recordaba, así de momento y con los ojos cerrados, más de una docena, pero había que contar también con las escaleras que había bajado y subido, de modo que las puse en lila; finalmente, iba a dibujar el torreón pero no sabía ni qué color poner ni cómo representarlo. Una ventana no era adecuado, ya que estaba cerrada, el baúl tampoco, porque en verdad dentro no había encontrado nada. Miré a mi alrededor buscando inspiración pero no se me ocurría como marcar el punto de encuentro hasta que la voz de mi amigo me dio la respuesta.

-Dibuja un paraguas –me sonreí de oreja a oreja porque finalmente había averiguado que sí me veía. A mi lado, junto a la mochila, un poco más allá del dibujo, entre este y la ventana, estaba mi paraguas.

-Claro, es que en este país estamos a cubierto, ¿verdad?

-Jajaja –su risa me hizo reír a mí también. -¿Cómo lo adivinaste?

-Porque para eso lo puse. Para si llovía, tener donde refugiarme.

-Eso está muy bien pensado. Este será nuestro refugio.

-¡Vale! –estaba entusiasmado. -Te voy a hacer una copia del mapa para que te la lleves. Yo la pondré dentro de esta caja –alargué la mano para cogerla y abrirla. -Será nuestro secreto. ¿Tienes un cofre del tesoro donde ponerlo?

-Sí, claro –al escucharlo me puse manos a la obra con los colores para dibujar en el pedazo de periódico, justo al lado del mío, un mapa igual para mi amigo. 

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