grafiti de mujer sonriendo

Camino hacia la Risa Compañera

Érase una vez, hace muchos, muchísimos años, en una galaxia muy muy lejana, una Hacedora se perdió a sí misma y tuvo que encontrarse. Vivía en un País Pequeño, así que lo convirtió en un juego porque pensó que perderse era una oportunidad para crear sueños nuevos.

Había en su país grandes cascadas, cielos despejados y atardeceres llenos de música; noches estrelladas, viento caliente y Luna Chistosa. Sí, sí, el suyo era un País Pequeño pero lleno de recovecos para el sentido del humor, las buenas maneras y los encuentros casuales. A la Hacedora le gustaba así, se había esforzado mucho en construirlo cuando un día se levantó de entre los suyos, que permanecían dormidos, y marchó sobre sí misma para crearlo. Era una tradición del Mundo Hecho; que sus hijos y sus hijas crearan a su vez algo nuevo, algo entrañable, algo único para sí mismos. La pega era que, una vez se hacían, ya no se encontraban jamás los unos a los otros porque cada uno viviría en su País Pequeño. De modo que tenían que llevarse todo lo que podían de su lugar de procedencia, conocerse mucho los unos a los otros y regalarse otros muchos hechos pequeños hasta tener la suficiente fuerza para crecer, despertarse y crearse. Los que se iban nunca volvían, o eso parecía desde el Gran País Hecho, donde la Hacedora había vivido hasta crear su País Pequeño.

Por eso, cuando se perdió a sí misma, la Hacedora no se tenía más que a sí misma para encontrarse y pasó mucho miedo porque, si iba a buscarse, podría no encontrarse y ya jamás recuperaría lo que había conocido, lo que había sentido, lo que ahora sabía en su País Pequeño. Allí había disfrutado de días y noches de felicidad, de caminos llenos de recodos en los que dormitarse mientras el viento caliente la acunaba en sus charlas bajo la Luna Chistosa, mientras dejaba que las cascadas la rodearan y la llevaran más allá, más lejos, hacia nuevas extensiones que ella podía crear bajo nuevos cielos despejados y noches estrelladas. Así que, la sola idea de dejar su País Pequeño para ir a buscarse la paralizaba; porque no sabía regresar al Gran País Hecho de donde procedía y nunca nadie había entrado en el suyo para visitarla. Por eso, seguía por los caminos que había creado, se bañaba en las cascadas soñadas bajo el cielo despejado y, en la madrugada, dejaba que la Luna y la noche estrellada le contaran de nuevo sus sueños para que el viento caliente los escuchara y la sorprendiera luego, también en sueños, con más recodos en los que seguir durmiendo al calor de su encuentro.

Pero la Luna, bromista y viajera, como todo el que admira el mundo por fases, estaba cansada de que la Hacedora tuviera siempre los mismos sueños porque no había vuelto a salir del País Pequeño. Así que decidió empujarla para que viviera una aventura y la animó a romper la primera y única regla para los seres creadores: no abandonar su País Hecho. La única forma de que los hacedores dejaran sus países era perdiéndose, y estaban tan cómodos en ellos que nunca salían de los lugares conocidos. Por eso, la Luna Chistosa perdió a la Hacedora cuando dormía en brazos del viento caliente y, al despertar ésta y buscar el camino de vuelta, ya no estaba. Se buscaba pero ya no estaba, solo tenía una vaga conciencia de sí misma, y solo entendía que no sabía dónde estaba, que ya no era y que debía encontrarse. Sin embargo, el viento caliente estaba, la Luna Chistosa estaba, las cascadas y el cielo despejado también e, incluso, llegado el atardecer la música llenó el aire de su pequeño País Hecho para traer la noche estrellada. Todo estaba menos ella, que no se veía, ni se sentía, ni se reconocía, ni se entendía. Solo se pensaba a sí misma como la habitante de un mundo que ella había hecho pero que ya no era más.

Luna Llena

La Luna Chistosa rió desde lo alto y el viento caliente guardó silencio, se escondió entre los remolinos de agua de las cascadas, que se ensortijaban asustadas. Y ya no atardeció más con música, y el cielo despejado se llenó de nubes. Entonces, como Hacedora que era, llegó a la conclusión de que aquello era una oportunidad, porque podría conocer lo que había más allá de su País Pequeño para regresar y continuar creando en él. Estaba fuera de sí misma y debía dejar que el viento caliente guardara sus sueños para que, si conseguía regresar,  se los recordara mientras ella le contaba otros nuevos.

Y, en vez de salir a buscarse con miedo, fue en su busca como un juego, como la oportunidad de jugar que le daba el encontrarse como el sueño de sí misma; y algún día contaría esa aventura como un sueño nuevo en su País Pequeño. Era la primera Hacedora que lo hacía, según sus noticias, así que fuera de los mundos hechos había muchos seres desconocidos para ella que, además, tampoco advertían su presencia porque no eran seres creadores y desconocían los misterios que la habían llevado hasta allí. Sin embargo, deseaba preguntarles, aprender de ellos para encontrarse, pues entendió que ese era su Único Camino. De modo que se les acercó para escuchar sus voces; luego, sintió deseos de saber quiénes eran y, después, mucho tiempo después, se dio cuenta de que, aunque ellos no le hablaran, ella sí podía hablarles pero eso le dio miedo. Intentó preguntarles y conocerles pero había estado tanto tiempo en su pequeño País Hecho que sus palabras no sonaban más que a eso; a cascadas y viento, a cielos despejados, atardeceres musicales, noches estrelladas y a la Luna Chistosa. Por eso, muchos huyeron pero, en medio de aquel desierto lleno de otros para los que ella no era nada, dejó de sentir temor, y vio que ellos tampoco la temían a ella. ¿Qué serían entonces? y, sobre todo, ¿qué lengua hablarían? Porque comenzó a crecer en su interior la necesidad de hablarles, de descubrir sus sueños; porque presentía que, si estaban allí como ella, habrían tenido sueños. Tal vez otros sueños, tal vez sueños nacidos de otros juegos, tal vez por otras costumbres adquiridas en sus respectivos mundos diferentes, pero algo los unía porque todos estaban allí.

Pasó mucho tiempo hasta que por fin se acercó a uno de aquellos seres y le contó su historia. El ser la miraba extrañado, eso lo reconoció enseguida y, aunque eso la hizo dudar, decidió continuar contando historias de su pequeño País Hecho, caminando a su lado, pese a que aquel otro ser no respondía, pese a que solo caminaba, pese a que solo escuchaba. Un buen día, ya no quiso hablar más y guardó un sereno silencio. Entonces, ¡oh maravilla!, del ser que iba junto a ella salió un leve carraspeo, o a ella se lo pareció, al que siguió un sonido extraño, ininteligible para ella, y el sonido ya no dejó de salir de sus labios, unos labios en los que no se había fijado y que le parecieron preciosos. Así que miró al ser que movía aquellos labios extrañada, pero encandilada e intrigada por el sonido que emanaba de ellos. Caminaron mucho tiempo, la Hacedora en silencio, el otro entonando un discurso que no significaba nada para ella pero que terminó por parecerle casi musical, casi como el arrullo del viento.

Vista de una calle en colores cálidos

Y sucedió que, dado que no comprendía lo que el otro ser decía, terminó por comparar sus pensamientos con los sonidos, terminó por encajar unos sonidos con otros y comenzó a soñar sueños nuevos gracias a los sonidos con los que el otro ser hablaba. Ya no soñaba con el viento caliente, ni con las cascadas, ni con el cielo despejado, ni con la noche estrellada. Aunque, de pronto, recordó a la Luna Chistosa, porque con su sentido del humor se hubiera divertido mucho con los sonidos del otro ser junto al que caminaba. Y el recuerdo de la Luna la hizo sonreír, y cada vez sonreía más porque se sentía ridícula por sonreírse hasta que una sonora carcajada provocó que su acompañante en el ya Camino Nuevo frenara en seco y la mirara directamente a los ojos. Ella continuaba riéndose así que el ser imitó primero la expresión que la Hacedora llevaba dibujada en el rostro, también extrañado, luego quedó solo la sonrisa y, por fin, la sonora carcajada salió de su boca también. Al cabo de un rato, ambos reían a mandíbula batiente y la curiosidad hizo que los otros se acercaran, intrigados y sorprendidos, atraídos por aquel sonido que lo llenaba todo de luz y que los hizo reír también.

Pero aquella risa desconsoló a la Luna Chistosa, que sola sin la Hacedora ya no reía. Así que se las arregló para traerla de vuelta a su pequeño País Hecho cuando el viento trajo el eco de aquella alegría conjunta. Y la Hacedora regresó sola; no supo cómo, ni por qué pero aquellos otros quedaron fuera mientras se divertían y ahora quería volver a buscarlos, porque no podía reír igual solo con la Luna Chistosa. Necesitaba ir a buscarlos para invitarlos a su pequeño País Hecho y para, entre todos, construir un País Hecho Mayor.

Por eso, tras reencontrarse con sus sueños anteriores, decidió ponerse en camino con la Luna, con el viento caliente, con las grandes cascadas y los atardeceres llenos de música para las noches estrelladas. Con ellos, encontraría al ser que rió primero, que se convertiría en su Amigo Primero pero esa, esa es otra historia.

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